– Cuentos –

             EL GRANADO DE FARAH

Bien entrado el siglo XX, en muchas plazas y calles de Granada, perduraba aún la costumbre de reunirse los vecinos a la caída de la tarde, para disfrutar del frescor del entonces verano.

         En una placeta del Albaicín – cuyo nombre ha cambiado tantas veces con el paso de los años, que no se recuerda el original- , poseía la fortuna de tener el Árbol del Granado. Además estaba rodeada de  arriates  donde el jazmín  y la hierbabuena  esparcían sus perfumes  para el gozo de sus moradores. Estos vecinos, cada uno con su silla de anea, se sentaban a contar historias, leyendas o los últimos chismes del barrio. 

         Una noche, a finales del verano, cuando la luna está en cuarto menguante, es cuando surgen esas historias misteriosas y extrañas que oyeron contar a sus abuelos.  Todo partió del comentario de una vecina sobre lo hermoso que estaba el granado. Ese árbol era especial, diferente a todos los granados. Al principio del otoño, brotaban de una rama unas cuantas granadas de un color amelocotonado y asimismo tenía la peculiaridad de tener una inscripción en lengua  árabe.

         En el grupo había un hombre que residía no hacía mucho tiempo en el barrio. Todos lo conocían, tenía un establecimiento muy pequeñito donde se hacían los mejores kebabs.  Les dijo que sabía la historia del árbol y de su inscripción, se la había contado su bisabuela que a su vez se la había narrado  su tatarabuela. El silencio reinó por  un momento en el corrillo.  Todos los vecinos expectantes le instaron a que contara  esa leyenda. Con los rostros vueltos hacia él, se dispusieron  a escuchar y a dejarse llevar a esa lejana  época.

         Al lado del Árbol del Granado, hacía muchísimos, muchísimos  años, existía una casa cuya ocupante llevaba una vida distinta a las de sus vecinos. En ella vivía Farah, una mujer con costumbres opuestas a las mujeres de su época. No había  acatado las reglas que instaban a que las hijas aceptaran el esposo que sus padres habían decidido para ellas. Tan fuerte era el carácter de la mujer, que los padres no pudieron convencerla y tuvieron que resignarse a que su única descendiente no les diera ningún nieto. La pena se llevaría pronto a este matrimonio a la tumba.

         Farah se ganaba su sustento con el trabajo que realizaba en su telar. Era muy hábil e ingeniosa combinando colores con los hilos de seda. Su reputación fue en aumento y pasaba muchas horas haciendo esta labor para poder cumplir con todos los encargos.

         Cuando salía a hacer sus compras, no se tapaba la cabeza y su melena larga ensortijada de un negro brillante, desafiaba a los hombres que le mostraban una mirada seria y enfadada. Muchas jóvenes la miraban con envidia por tener el valor de hacerlo, aunque ese pensamiento se lo guardaban para sí mismas. Caminaba con la cabeza muy alta, segura de ella y su mirada directa retaba a cualquiera que osase acercarse.

         En el barrio no era querida, pero a ella eso  no le importaba. Sabía que la necesitaban por sus apreciadas telas, lo demás carecía de interés para ella. Cuando terminaba su trabajo, disfrutaba leyendo. También era de las pocas mujeres que sabían leer. Guardaba los ejemplares con los  que su padre se había deleitado: libros de guerreros aventureros y cuentos de la alhambra.  Otro de sus placeres era las plantas y flores que crecían en el patio al lado del aljibe que tenía la suerte de poseer. Sin embargo,  lo que la placía por encima de todo era el Árbol del Granado que crecía al lado de su puerta. Su primera faena por la mañana era regarlo y tratarlo  con mucho mimo. La ferocidad que sentía hacía los humanos se transformaba en dulzura, le susurraba palabras acariciadoras mientras sus dedos tocaban con suma delicadeza sus frutos rojos y  a continuación desprendía los que estaban ya a punto. Nadie se atrevía a coger ninguna granada, la temían pese a que nunca les había hecho nada, sin embargo el ser distinta a las demás mujeres suponía un rechazo, creían que tenía una alianza con Satanás.

         Aconteció que una mañana de otoño, cuando el sol, cansando del verano, alumbraba con menos fuerza, salió a ver su árbol y quedó muy sorprendida al encontrar un hombre apoyado en la pared al lado de su puerta. Estaba herido en una pierna y parecía muy débil. Era un hombre con el pelo de un color muy raro y la piel muy blanca.  La mujer, pese a su aspecto de dura, ante esta situación se compadeció de él y se agachó para preguntarle que le pasaba. El hombre no podía hablar, tenía los labios resecos. Ella entró dentro y salió con un cuenco  llevando agua fresca de su aljibe.  Primero le mojó los labios y luego despacio le fue dando pequeños sorbos. El hombre abrió los ojos y dos ventanas azules la miraron con agradecimiento. Luego el cansancio pudo más y se volvieron a cerrar.

         Algunos vecinos habían salido y miraban con curiosidad la escena, aunque nadie se acercó.  El color melocotón del pelo del individuo les producía desconfianza.

         Farah no lo pensó demasiado, asió al hombre por debajo de los brazos y fue tirando de él, arrastrándolo hasta meterlo dentro de su casa y cerró la puerta. Lo llevó hasta una estera donde lo tumbó. Enseguida fue a buscar una jofaina que llenó de agua y con un trozo de jabón tosco que ella hacía con el aceite sobrante de la cocina – una receta de su abuela- y un paño limpio fue lavándole la herida como le habían enseñado en su casa; descubrió que la herida no era profunda. Luego la vendó con algunos restos de tela y pensó que no le supondría ningún problema para andar de nuevo. Lo que la tenía preocupada era la debilidad y el agotamiento del hombre. Ahora parecía que se había dormido por su respiración acompasada. Se quedó sentada en el suelo a su lado y se dedicó a mirarlo con detenimiento. Tenía una constitución fuerte y los rasgos de su rostro indicaban nobleza.  Con mucha suavidad, extendió su mano  hacía su pelo y su tacto le resultó más suave de lo que había esperado.

         Le preparó un caldo con hortalizas, sacó del canasto un pan que había hecho el día anterior y un trozo de queso que regó con miel.  Luego abrió una granada y fue extrayendo los arilos con sumo cuidado para que no se partieran, los fue separando y los puso en un plato, recordó que su abuela decía que esa fruta era muy buena para fortalecer y curar las heridas.

         El extranjero despertó a la caída de la tarde.  Intentó incorporarse despacio y cuando comprobó que no se mareaba se sentó en la estera. Miro a su alrededor. Le sorprendió lo agradable de la estancia; la blancura de las paredes y los objetos de cobre luciendo en varias mesitas,  despertaron  su curiosidad. Iba a ponerse de pie cuando apareció Farah con un palo de madera que su padre había usado en algunas ocasiones. Por primera vez se miraron los dos.  Él inclino la cabeza, juntó las manos y le agradeció sus cuidados en lengua árabe con un fuerte acento extranjero. A continuación se presentó. Se llamaba Thomas, era inglés y estaba viajando por todo el al-Ándalus para un estudio que estaba realizando. Hacía dos días que el caballo lo tiró y se escapó. Había andado mucho sin  encontrarse bien, sin embargo el cielo le había conducido hasta su puerta porque aquí vivía un espíritu bueno. Esto último lo manifestó con una sonrisa en sus labios. Farah le sonrió a su vez y le dijo que le había preparado una sopa. Le ayudo a levantarse. Lo había dispuesto todo en una mesita al lado de la cocina. Sentado en un cojín, Thomas disfrutó de la buena comida y su cuerpo fue recuperando fuerza. Después Farah trajo un té que había preparado con hierbabuena y se acomodó frente a él para que le contase historias sobre sus viajes.  El inglés estaba maravillado de esta hermosa mujer que lo miraba a los ojos y se comportaba de una manera tan natural y al mismo tiempo tan diferente a las demás mujeres que había conocido. La conversación se alargó en el tiempo, siendo muy tarde cuando cada uno se retiró  a su rincón para dormir.

         Pasaron cuatro días así sin apenas darse cuenta tan maravillados estaban el uno del otro. Dedicaban muchas horas a hablar, él de sus viajes, de su país, de sus costumbres y ella le relataba también sobre su vida. Nunca faltaba un cuenco con los arilos de un rojo intenso que Thomás comía con sumo deleite durante sus charlas. Este fruto lo había conquistado por completo, sentía que a través de él, el vigor retornaba a su cuerpo.

         El extranjero se extasiaba mirándola mientras trabajaba en el telar y ella le explicaba que los tejidos que de ahí salían servían para hacer pañuelos, shaylas  y fajines para los días de fiestas. Farah se sentía cómoda mientras él la miraba, se hallaba a gusto como si Thomas fuese su alma gemela. Tan diferentes en todo y, sin embargo a la vez tan cercanos. Para Thomas el descubrimiento de esta mujer lo tenía anonadado, era como si la conociese de mucho tiempo atrás, una corriente muy fuerte lo unía a ella. 

         Y llegó la noche del cuarto día. Thomas debía tomar la decisión más dura de su vida, decirle a Farah con gran dolor en el corazón que tenía  marcharse al día siguiente. Era su deber proseguir su camino aunque no desease hacerlo. La tristeza embargó los ojos de la mujer pese a no pronunciar palabra alguna. Los dos sabían que no podían prolongar más esa situación.  Cuando Farah se disponía a irse a dormir, Thomas la detuvo suavemente y le cogió las manos hundiendo su rostro en ellas, besándolas y  dándole las gracias.

         Farah se despertó sobresaltada, pasó sus dedos por los labios, no sabía si lo había soñado o si realmente Thomas había depositado un beso en ellos. Fue hacía donde dormía y comprobó que el lugar estaba vacío. Una pena muy honda la invadió. Era la primera vez que  sentía amor por un hombre. Un dolor agudo la dominó. El llanto se apoderó de ella durante horas hasta dejarla exhausta.

         No salió hasta el día siguiente a ver su granado. Fue una extraordinaria sorpresa ver que había una inscripción en el tronco. Thomas había escrito: “El que todo lo puede, me ha conducido a ti, te llevaré siempre en mi corazón”. Farah beso repetidas veces las letras mientras las lágrimas surcaban su rostro. Después se abrazó al tronco y no paró de llorar durante horas y horas. Los vecinos que, todos estos días habían estado al asecho y enfadados  porque la mujer  había admitido en su casa a un extranjero, se conmovieron  ante la pena infinita de Farah.

         Al otro día, el barrio entero quedó conmocionado al comprobar  que había brotado, donde Farah había vertido sus lágrimas, una rama nueva en el granado y con unos frutos nunca vistos, de un color amelocotonado. Farah se hinco de rodillas y llorando y riendo fue tocando esos frutos que tenían el mismo color que el pelo de su amado.

         A partir de ese día, empezó una nueva vida para Farah . Todos los vecinos se desvivían por ella mostrándole respeto además de cariño.

         Desde entonces el granado contó con unas manos para cuidarlo. Se fueron sucediendo las generaciones y siempre hubo alguien que conocía la historia y que fue transmitiendo la leyenda de las granadas de color melocotón.

8 Comentarios

  1. Avatar de Desconocido Beotilla dice:

    Que maravilla, que dulzura y emoción he sentido, hasta creo que podía saborear las granadas. Me encanta! Una preciosidad de cuento!

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  2. Muchas gracias 🙏 por haberlo leído, es un poco largo 😃😘😘😘

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  3. Gracias por haberlo leído y que te haya gustado 😘😘😘

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  4. Avatar de Desconocido betty dice:

    Está todo tan bien descrito que las escenas se sucedían en mi cabeza……el final triste o no……según se mire. Conmovedor relato

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  5. Gracias 🙏😘😘

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  6. Avatar de Raymond Barraca Raymond Barraca dice:

    Très belle histoire très bien racontée.
    Continue à nous raconter de si belles choses.

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  7. Avatar de Desconocido Anónimo dice:

    Volviéndolo a leer…..me emociona

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  8. Avatar de Isabel Vidal Espinosa Isabel Vidal Espinosa dice:

    Volviéndolo a leer…..me emociona

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