– Cuentos –
LA CENICIENTA DEL NUEVO MILENIO
Era muy tarde cuando Luisa Fernanda cogió el bus que la llevaría al centro de la ciudad donde se encontraba situado el gran edificio dedicado solo a oficinas. Una vez fuera, se arrebujó en su anorak todo lo que pudo, era una noche muy fría de diciembre y, pese a la hora tardía, todavía circulaba gente por la calle, la mayoría cargados con grandes paquetes. Las luces navideñas anunciaban con sus diversos diseños y coloridos que las fiestas no tardarían en llegar.
El rostro de ella no parecía participar de ese júbilo. Andaba de prisa temiendo llegar tarde. Se había entretenido demasiado durmiendo a su hijo tras dejarlo en casa de su prima Teresa de Jesús. Aunque su familia lo cuidaba bien, sabía que su hijo la echaba mucho de menos por la noche. El vínculo entre ellos era muy especial. El pequeño no había conocido a su padre. Éste no quiso saber nada de su recién estrenada familia en cuanto supo que ella estaba embarazada. Y pese a haber vivido dos años en casa de sus padres, María Fernanda siempre se había ocupaba de él. Pronto haría un año y medio que estaba en España, había sido duro no poder ejercer la profesión de enfermera ni de auxiliar, dos asignaturas se lo habían impedido. Al no haber conseguido convalidar los estudios cursados en su país de origen, empezar de nuevo y sin recursos se había convertido en una meta casi inalcanzable. Pese a todo estaba contenta con su trabajo. Cobraba un sueldo que le permitía compartir piso con otra pareja, de esta forma podía ahorrar un poco de dinero para enviarlo a su familia, que le había sufragado los gastos del viaje y había cuidado de ella y de su pequeño hasta que abandonó su país.
El edificio estaba casi vacío, solo los guardias de seguridad y algún que otro empleado. Se cambió rápidamente en los vestuarios, luego recargó el carro con los productos de limpieza que faltaban.
Se dijo que empezaría por la novena, era una de las plantas que limpiaba habitualmente. Mientras pasaba la aspiradora por las amplias oficinas desiertas y separadas por cristales, donde se notaba que el presupuesto a invertir no escaseaba, empleaba toda su energía en que le cundiese el trabajo y así poder terminar un poco antes.
Había acabado de limpiar los baños cuando oyó unos pasos que se acercaban. Levantó la cabeza y miró. Hacía ella se acercaba Don Ricardo, el director general de la empresa. Quedó sorprendida porque no esperaba verlo a estas horas de la noche. Se reprendió interiormente por no poder controlar el rubor que le subía y coloreaba sus mejillas cuando estaba cerca de él. Le imponía su forma de mirarla desde el primer día que se conocieron. No había querido hasta ahora darle importancia porque sabía que él estaba muy lejos de su alcance por mucho que le dijese su compañera Caridad, que era para ella como su Ada madrina. Ésta no se cansaba de repetirle que poseía una belleza y un porte dignos de una reina, y que no debía sentirse inferior a nadie. Pero eso era muy fácil de decir cuando él no estaba delante, solo con su gran estatura conseguía que se sintiera pequeña. Sin embargo, su mirada tierna y dulce directa a sus ojos, lograba que su corazón se desbocase y que sin quererlo se hiciera ilusiones.
Don Ricardo la saludó educado y cariñoso como tenía por costumbre. Le preguntó por su pequeño y a su vez ella le confesó su extrañeza ante su presencia en las oficinas a esas horas. Aunque en realidad aquello había dejado de ser extraño desde hacía algún tiempo. Parecía que conociese los horarios de María Fernanda, era ya casi un hábito encontrarse un día sí y otro también. Al principio fueron solamente los saludos de cortesía, si bien su mirada, desde el primer día, delató una sorpresa inicial, que pasó a convertirse después en una profunda inspección de sus ojos, como si quisiera atravesarlos y meterse en ellos. Ahora, cuando se presentaba frente a ella, mantenían pequeñas conversaciones que día a día habían logrado transformarse en agradables charlas.. En una de esas ocasiones en la que los dos pudieron estar a solas, le contó que estaba separado desde hacía años y que tenía dos chicos en la edad de la adolescencia y que gozaba de la suerte de verlos casi a diario.
Hoy, Ricardo no estaba dispuesto a dejar pasar la ocasión que se le había presentado para proponerle una cita a la chica. Pese a ser un hombre de negocios con mucho recorrido y con una situación económica muy desahogada, delante de esta mujer se sentía insignificante. Los ojos negros y profundos de María Fernanda, donde la tristeza se permitía bailar, lo habían cautivado desde el primer día que tropezó con ella. A esto se añadía la diferencia de edad, él a punto de cumplir los cincuenta y ella cerca de los treinta. Por eso durante todos estos meses no había encontrado el valor para pedírselo, pero esta noche por fin estaba decidido a hacerlo aunque tuviera que suplicárselo.
María Fernanda iba sonriendo cuando se encontró con Caridad en la cuarta planta. Ésta se la quedó mirando intentando averiguar lo que le ocurría a la chica de cara triste que hoy irradiaba felicidad. Cuando supo de su cita con Don Ricardo, le dijo que no se había equivocado en sus predicciones, este hombre estaba coladito por su amiga. Desde que empezó a trabajar aquí, ella se convirtió en la protectora de María Fernanda. La guardaba de las envidias, ya se sabía que la belleza unida a la bondad despertaban los celos y la animosidad, y a muchas no habían pasado inadvertidas las miradas del jefe hacía ella, un hombre que no solía prodigarse en sonrisas.
Mientras limpiaban las mesas hicieron mentalmente una selección del vestuario de María Fernanda, y no encontraron ninguna prenda que pudiese ser aceptable para acudir a esa cena a la que había sido invitada. Pero Caridad no se dio por vencida pese al desanimo que apareció en el rostro de la joven. Una vez pasada la alegría que sintió al comprobar que él tenía verdadero interés en María Fernanda, en su cabeza de mujer práctica empezó a forjarse la manera de ayudar a su amiga, y que ésta pudiese acudir a la cita como una verdadera princesa, porque no merecía menos. Acudirían a su prima que era modista, una verdadera maestra en el arte de convertir una tela sencilla en un vestido especial. Ese pensamiento la animó y comenzó a canturrear una canción de Shakira “Suerte”.( “suerte que naciste tan lejos para que ambos pudiéramos burlarnos de la distancia…”)
María Fernanda se miró al espejo sin poder creer la transformación que se había operado en ella. Caridad y la prima contemplaban el resultado de su obra con una sonrisa en sus labios: el vestido azul cielo encajaba perfectamente en el cuerpo de la chica resaltando esas cualidades ocultas tras el traje de faena. Los zapatos negros de tacón alto ponían el toque de elegancia rematado por su especial peinado: recogido por delante pero dejando por detrás que los cabellos cayeran en una cascada de bucles. La mujer estaba tan emocionada que estuvo a punto de llorar de agradecimiento, pero sus amigas no se lo permitieron, le habían puesto rímel en las pestañas. Al final terminó también sonriendo invadida por una oleada de gratitud y felicidad.
Ricardo no acababa de creerse la suerte que tenía cuando contemplaba a María Fernanda sentada enfrente de él. Siempre la había encontrado guapa pero hoy le parecía que se había convertido en un ángel. Todos los que les rodeaban los observaban con curiosidad, sobre todo sus amigos que seguramente no entenderían que estuviese con una mujer de tez más bien oscura. Su ex y sus hijos eran como correspondía, blancos y rubios. Si bien él se había enamorado como un colegial y no le importaba nada ni su situación económica, ni las diferencias culturales y mucho menos su hermoso color de piel. Estaba dispuesto a aprender cosas nuevas y por supuesto no le interesaba lo que pensase los demás.
La invitó a bailar, salieron a la pista y se acoplaron perfectamente el uno al otro al compa de la balada que tocaban en ese momento. María Fernanda se sentía flotar, le parecía un sueño lo que estaba viviendo. No obstante la mirada de Ricardo le aseguraba que esto era real. Una emoción intensa la recorrió y ya sin miedo se pegó más a él.
Al principio no prestó atención a los comentarios que estaban haciendo las mujeres, hasta que oyó la palabra color y Ricardo. Algunas voces convenían que no era posible que este hombre hubiera caído tan bajo, que no se trataba tanto del color de su piel, que por otra parte era muy atractivo, sino de su pertenencia a diferente estrato social, era limpiadora. Otra señalaba que no había que preocuparse, que era solo un pasatiempo y se le pasaría pronto, eran demasiadas las diferencias que los separaban. Por último, otra añadió que era cosas de la edad, tenía miedo a envejecer y por eso había buscado una mujer más joven, sin embargo estas relaciones no solían durar. María Fernanda, dentro del baño, intentó encogerse y no hacer ningún ruido mientras la desazón la dominaba. Las palabras de esas mujeres eran las mismas que ella se había hecho infinidad de veces y ahora como un bumerán le estallaban en el rostro.
Con el semblante demacrado por las noches de insomnio, Don Ricardo le preguntaba a Caridad por enésima vez qué le había pasado a María Fernanda y dónde estaba. Desde aquella noche en la que desapareció tras su salida del aseo de mujeres, Ricardo, estaba sumido en una angustiosa desesperación, consecuencia del desconocimiento sobre las causas del cambio de actitud de ella. Había abandonado su domicilio habitual y ni siquiera sabía dónde buscarla. Caridad le escuchaba angustiada, su amiga la había colocado en una encrucijada muy difícil. Por una parte le había prometido no revelar su nueva dirección, y aunque comprendía su miedo, no estaba conforme con su actitud. Este hombre estaba demostrando que su interés por ella era sano. Pensaba que en ocasiones la vida presenta oportunidades que hay que saber aprovechar, y ella estaba segura que ésta era una de ellas. Sin querer o queriendo, no sabía muy bien cómo, de pronto se abrió y dejó que sus palabras fluyeran despejando de esa forma la terrible incógnita a la que Don Ricardo había estado sometido. Una sonrisa afloraba en los labios de él mientras apresuradamente cogía el ascensor.
La música de una canción de Shakira resonando fuerte se coló por el balcón cuya puerta estaba abierta. Teresa de Jesús se asomó, no podía creer lo que veía. Ahí, en la calle, había un grupo de tres hombres cantando “La la la” y, al lado un hombre alto que por la descripción de María Fernanda tenía que ser Don Ricardo. Ésta al oír el alboroto salió en el momento que el grupo cantaba: “Toda mi vida fue así, tanto te busqué hasta que llegaste”. María Fernanda no pudo impedir que la sonrisa y las lágrimas se mesclasen al contemplar semejante demostración pública de amor, sin tapujo alguno. Reaccionó rápidamente, salió del piso y bajó los escalones de dos en dos. En la calle se miraron un segundo emocionados, luego ella corrió a sus brazos que la acogieron y la estrecharon para siempre jamás.
Me encanto desde el primer momento! Seguro que mas de una de sintió identificada. Que bonito poder sentir estas historias a través de tus palabras!❤️
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Me encantan los finales felices, pero este más por todo lo que conlleva la superación de la sociedad en la que vivimos, avanzada y desarrollada en muchos aspectos, pero hipócrita y llena de perjuicios en otros.
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Me encantan los finales felices, pero este más por la superación que supone vivir en una sociedad avanzada y desarrollada en muchos aspectos pero hipócrita y llena de perjuicios en otros
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