– Relatos –

                      

                                        UN BUEN AMIGO

Si te encuentras en una predisposición favorable y propicia, sueles encontrarlo sin problema. Se adapta a tus intereses y a tus gustos. Es muy moldeable. Y lo mejor de todo es que está disponible a cualquier hora del día y de la noche. El valor de este amigo es incalculable. Puede sumergirte en debates filosóficos, atraparte con una investigación policiaca, o imbuirte de grandes historias de la humanidad desde el descubrimiento de la imprenta.

                Cogerlo entre tus manos, acariciarlo, prepara tu espíritu para descubrir su interior. Sientes ese nerviosismo propio de las cosas por explorar. Luego te acomodas en tu sillón o te arrebujas en tu cama con esa buena compañía, olvidándote de todo lo que rodea y que te transporta muy lejos adonde las páginas lo han decidido. El reloj desaparece y las horas, que dejan de sentirse prisioneras, vuelan.

                Mi vida está llena de esos buenos amigos. Me han acompañado y siguen haciéndolo a lo largo y ancho de mi andadura, ayudándome en cualquier momento a fugarme de mi cotidianidad, dejándome llevar por esas otras historias que consiguen llenar mi vida de diferentes sensaciones y pensamientos. Los ha habido y siguen habiéndolos de todos los géneros. Si bien, tengo que reconocer que hay algunos que marcaron mi vida en momentos muy concretos.

El primero fue la historia de Marie Curie. El relato de la vida de esa científica – escrito por su hija Eve Curie – en la cual sobresalía por encima de todo su voluntad extraordinaria, pobló mi mente adolescente de la posibilidad de cumplir los sueños si perseverabas en ello. Corín Tellado me acompañaría una temporada llenando mis fantasías juveniles de amores románticos. Sin embargo, ningún título perduró en mi memoria.  Muy joven aún la escritora Pearl S. Buck con la Buena Tierra y otros más me abrió a un mundo totalmente desconocido para mí. Miguel Delibes me impresionaría con Camino, esa historia rural. Unamuno me soliviantó con San Manuel Bueno, mártir, basculando mi debilitado equilibro religioso.  Cien años de Soledad de García Márquez la disfrutaría en las vacaciones de un verano, en una edad más adulta. Las Edades de Lulu de Almudena Grandes, abrió mi mente.  Recuerdo que La Colmena de Cela me atrapó tanto que la leí en un tiempo brevísimo. Madame Bovary de Gustave Flaubert me impactó de tal forma que son una de las obras que no he olvidado casi nada de su historia y que he vuelto a leer. Completamente diferente, aunque también impactante la Semilla del diablo de Ira Levin, consiguió que no pudiera entrar durante un tiempo en una habitación oscura. Además, al igual que la protagonista estaba embarazada cuando la leí. La Mujer Rota de Simone de Beauvoir revolucionó mi interior.

No obstante, siempre existe uno de esos amigos que es tu preferido. No te importa leerlo una, dos y tres veces e incluso más. Cada vez que abres sus páginas, encuentras algo nuevo que te vuelve a emocionar.  Mi amigo del alma es El primer hombre de Albert Camus.  Es la historia de su infancia, de su familia, de su barrio pobre de Alger, con sus calles, sus ruidos, sus olores, sus noches con sus angustias y sus penas. También las pequeñas alegrías de los humildes. Sin olvidar la intervención milagrosa de su maestro que le empujo a estudiar. Una vida donde los pequeños detalles toman mucha relevancia.  Camus trabajaba en este libro cuando tuvo el accidente y murió. El libro se publicaría treinta y cuatros años después de su muerte.

Y hasta aquí la historia de ese buen amigo que no nos falla y que me apetecía contaros en este día tan especial.  Espero no haberos aburrido y que hayáis disfrutado con ella al igual que yo lo he hecho al escribirla.

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