– Relatos –

                

 Zocata

La noticia que difundió la radio esa mañana del trece de agosto de dos mil veinte no solo la sorprendió, sino que además la asombró: se celebraba el Día Internacional de la ZURDERA. Aunque lo que terminó por dejarla totalmente alelada fue que esa conmemoración existía desde mil novecientos setenta y seis. Y fue en Inglaterra donde nació. Eso le pareció lógico. España tenía entonces otros problemas más acuciantes.

            Una carcajada alegre le brotó espontanea. ¡Como habían cambiado los tiempos! se dijo. Y se congratulaba por ello. Pese a todos los pesimistas de su generación, inclinados a detectar y escrutar en demasía el aspecto negativo de aquello que los rodeaba, ella seguía pensando que la sociedad había avanzado, que había conseguido adquirir la capacidad imprescindible de asumir y aceptar lo que era diferente y que se salía de las pautas marcadas. Como mínimo se podría afirmar que se hacía el esfuerzo.  No siempre se conseguía ese respeto, pero al menos se luchaba por ello.

             Ante sus ojos desfiló la imagen de esa niña angustiada cuando oía aquel vocablo salir de la boca de su madre. Le hacía daño al oído. Le parecía grosero y repugnante: “ZOCATA”. Sentía que la palabra después de ser pronunciada permanecía un tiempo largo en el aire y se expandía dejando un olor pestilente a su alrededor.

            En la escuela las maestras no solían decirle nada, pero mientras escribía, sus miradas de conmiseración eran idénticas a la que ella le dirigía al hombre sin piernas que se arrastraba con sus muñones y que pedía limosna en la calle.  

            En su clase no era la única alumna zurda. Había también un niño. Éste despertaba las sonrisas y las burlas propias de aquel al que se le consideraba “un tonto”. Hoy sería catalogado de limitado. Cuando escribía en la pizarra, las risas y los murmullos en voz baja no cejaban y él parecía aceptar ser el hazmerreír porque sonreía continuamente.

            No obstante, a la chica le ocurría todo lo contrario.  Hacía lo imposible por ocupar el menor espacio en su pupitre para que su zurdo brazo no molestase a su compañera, y de esta forma poder evitar cualquier tipo de menosprecio por parte de ella. Trataba por todos los medios de hacer invisible esa tara que la hacía sufrir. Detestaba no ser igual que las demás niñas.

            Durante unos años sus padres horrorizados contemplaban incrédulos como su hija manejaba con soltura esa mano siniestra. Lo consideraban algo malo y poco apropiado en una personita de bien.

            Por ello se esforzaron en corregirla cada vez que la pequeña utilizaba la mano indebida. No solo les soltaban esa horrible palabra, ¡¡¡ZOCATA!!!, sino que la acompañaban también de unas miradas que pretendían aniquilarla y que solían culminar con algún coscorrón cuando todo lo anterior había fracasado. Se veían en la necesidad de intentar llevar a su hijita por el buen camino. Su mentalidad, seguramente imbuida de un espíritu y educación religiosa que deleznaba todo aquello asociado a lo siniestro, a lo izquierdo, relacionaba la zurdera de su hija con algo perverso, y no podían explicarse de dónde venía aquello pues, una vez desglosado el árbol genealógico familiar, los dos aseguraban con contundencia que en ambas descendencias no existía tal defecto.

            Durante el primer curso de primaria llevaron a cabo ese trabajo intenso de reprimendas. Sin embargo, a la finalización de éste se dieron por vencidos ante la tozudez de la chiquilla que, en cuanto dejaba de sentirse observada y recriminada, volvía a coger el lápiz o la cuchara con la mano con la que no se sentía torpe. El único consuelo que les quedó, o quizás más bien aquello que los conformó sin remedio, fue comprobar el placer que su hija sentía cuando escribía.

            Sin embargo, ese trajín de cambiar de mano para intentar engañar a sus padres durante largo tiempo, le permitió finalmente manejar, no sin cierta dificultad, su mano derecha. Por eso cuando subía al estrado para realizar en la pizarra algún ejercicio, no le costaba ningún esfuerzo escribir con la misma mano que todos utilizaban.  Le parecía que la tiza era más fácil de manejar que el lápiz o la pluma, se dejaba deslizar cómodamente. Además, sacaba de no sabía dónde un empeño tal que lograba ejecutar la tarea con una letra legible. Los demás se quedaban con la boca abierta sin comprender como podía usar las dos manos. Y ella regresaba orgullosa a su pupitre, sintiéndose diferente si bien ahora ya no le dolía.

            Esa niña fue creciendo y haciéndose mayor en un ambiente  que la consideraba una persona “rara “, incluso despertaba alguna risa.  Y ella era consciente de ello. Por eso sufría cuando tenía que reunirse  para comer con otras personas ajenas a su familia. Podía disimular con la cuchara, que aunque le costase, lo conseguía. Pero lo peor era tener que cortar la carne o pelar una fruta. El cuchillo se había convertido en su peor enemigo. Entonces tenía que inventar algún dolor estomacal para no ingerir esas viandas que le presentaban esa complicación. La situación se enredaba aun más cuando la anfitriona  le ofrecía un flan para paliar en medida lo poco que había comido y ella no tenía más remedio que contestar que no le gustaba ningún alimento que contuviese   leche. Esta vez la mirada de la mujer y de todos los que estaban en la mesa era de incredulidad, (todavía no se había descubierto la intolerancia a la lactosa)  haciendo sentir a la niña  y luego a la joven, esa sensación  de ser una persona extraña, distinta de quienes la rodeaban.

            El primer oficio que le ilusionaba desempeñar a la edad de quince años era el de secretaria .Ingresó en una academia, dirigida por mujeres y donde todas las estudiantes eran féminas. Durante tres años enseñaban  las materias correspondientes  para convertirse en secretaria. En el transcurso del curso disfrutó  sobretodo con la mecanografía, en esas horas su zurdera desaparecía. Sentada ante la máquina de escribir, se igualaba a todas sus compañeras. Era la única chica que escribía con la mano indebida, con todo nadie se metía con ella, despertaba algo así como pena, pese a  ser una de las alumnas aventajadas.

            Una tarde se produjo un hecho que cambiaría, en un espacio algo largo, ese  hábito. Se encontraba haciendo sus tareas,  tan ensimismada con los ejercicios de lengua que,  no se dio cuenta de que su padre llevaba observándola  un rato. Cuando levantó la cabeza, éste con cara triste – muy diferente  a aquella del enfado cuando era pequeña – le dijo si creía seriamente que alguien iba a querer contratarla  teniendo ese problema. Un gran malestar la invadió,  sintió desazón al oírlo porque su padre acababa de hacer visible una pregunta que ella se planteaba interiormente desde hacía un tiempo.  

            Y a partir de ese momento tomó una decisión. Debía esforzarse en  aprender a  escribir con la mano derecha. Cada día, después de terminar sus deberes, se dedicó a esa tarea.  En una libreta empezó a garabatear, porque aquello no se les  podía llamar letras. Con el paso de las semanas, fueron tomando forma hasta conseguir en el transcurso aproximadamente de un año, escribir más o menos correctamente. No conocía esta letra nueva  resultado de su aprendizaje. No se parecía nada a la suya original: pequeña, redonda y uniforme. Ésta era una letra grande, desigual y destartalada  que le costaba domar.  Si bien, con su  tesón y los días correspondientes, conseguiría apropiarse de ella hasta hacerla suya.

             Y la otra quedaría relegada y olvidada en el cajón donde se guardan los recuerdos de la infancia.   

        

                        

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