– Relatos –
MI PRIMER AMOR
Recuerdo que tenía solo diez años cuando unos ojos dulces e ilusionados me miraron diferente, de una forma que no era la habitual. Ese fue el principio de un carteo epistolar que duró… no sé exactamente cuánto. Esa actividad no hubiera sido posible sin la complicidad y colaboración de nuestros compañeros, unas veces eran los amigos de él, otras mis amigas. Y todos disfrutaban siendo testigos del florecimiento de esta historia de amor.
Apelando a esa memoria que cada día rememora mejor los hechos del pasado que los del presente, veo a esa pareja de niños felices por sentirse amado en el otro. Todo se concentraba en miradas y en esas pequeñas notas de amor que, con aquella valentía y desafío que proporcionaba la poca edad, saltaban diligentes y alegres de banco en banco enfrentándose a los peligros de un maestro sumamente severo.
Algunas veces el niño la acompañaba un rato en el camino de regreso a casa, y se afanaba en recoger unas florecillas amarillas silvestres que crecían a la ladera del sendero. Cuando le entregaba el ramillete, sus manos se rozaban. Esa dulce sensación producía tanto bienestar en esa niña, que esa noche se olvidaba de sus miedos y dormía feliz.
Creo que fui yo la que rompió esa especie de relación. Aquel primer embeleso, cubierto con un tupido velo, había distorsionado mi realidad. En cuanto desapareció, descubrí un niño demasiado pequeño en estatura, aunque éramos de la misma edad. Ya habían empezado a gustarme los más altos y mayores. En un pequeño resquicio de mi mente, vislumbro la cara triste de ese niño,- que se llamaba Antoine- cuando le dije que ya no quería que me escribiera más cartas. No obstante, transcurrido un tiempo y una vez mitigado el enfado, volvimos a ser buenos amigos.
Y el destino que le apetece de vez en cuando darse el gusto de jugar con los humanos, nos puso en contacto en el dos mil cuatro por una foto del colegio que él había colgado en internet y que llegó a mí a través de mi hermana. Nos escribimos varios correos. En el primer correo le pregunté si él era el chico con el que me carteaba cuando era pequeña. Me contestó que sí. ¡No me lo podía creer! Fue un día bonito que me llevó a esa parte de mi infancia que había quedado muy lejos. Y revivirlo me llenó de gozo.
Después le escribí un par de correos, pero no obtuve respuesta. Unos años más tarde me envió un correo, pero esa vez fui yo la que no contestó, estaba inmersa en otros problemas más acuciantes.
Y como viene siendo habitual desde hace algunos años, la escritura me ha prestado sus alas para desplazarme en el tiempo, hurgar en el laberinto de mi mente y encontrar de nuevo esta historia que había quedado completamente olvidada.