– Relatos –

                        

              Dónde los pinos hunden sus raíces y nacen las frambuesas.

El viaje le estaba resultando un tanto largo y monótono pese al placer que al principio le causase el desfile continuo de pinos, encinas y abetos.

         Después de tres horas conduciendo desde que salió de Estocolmo estaba cansado. Hans reconocía que el tiempo de autoengañarse había llegado a su final, y sabía que la causa de esa desgana que ahora lo impregnaba todo se debía a la ruptura de su matrimonio. Desde hacía meses había perdido arrojo y brío, su estado anímico había sufrido una progresiva caída. El estrés laboral embestía con fuerza y no ayudaba a superar aquellas emociones que absorbían su energía. La competencia que se había desatado con las nuevas compañías de aviación “low cost” le estaban afectando negativamente.

         El tener que hacerse cargo de la herencia de sus padres había sido la excusa para tomarse un largo descanso.

         Un suspiro profundo salió de su pecho. Había demorado este momento todo lo que pudo. La muerte repentina y desgarradora de su madre aconteció mientras atravesaba un momento crítico en el final de su relación de pareja. Había estado demasiado abrumado para enfrentarse al hogar de su infancia.  Hasta ese momento había confiado el cuidado de la finca y la casa a Jonas, un vecino que desde hacía años había mantenido muy buena relación con sus padres.

         Decidió mirar el paisaje con otros ojos, con aquellos de su niñez y primera juventud, cuando emprendían el mismo viaje sólo para pasar las vacaciones en el pueblo de Orsa. Ante su vista se desplegaba una panorámica abierta, llana, sin montañas, donde el cielo y el horizonte parecían tocarse.  En ese momento se formaron unas nubes algodonosas de una blancura nívea. Esto reavivó el recuerdo de su madre cuando, para entretenerle, les ponía nombres y las convertía en personajes de un cuento que se inventaba y que a él le encantaba.

         Detuvo el coche en una zona de descanso, aprovechó para repostar y luego se acercó a un “Max”, unos de sus establecimientos preferidos para comerse una hamburguesa. Pudo disfrutarla con ganas pese a la falta de apetito desde tiempo atrás.

         Retomó el viaje con más energía. Las casas de madera, idénticas, de color rojo y ventanas blancas con tejado triangular, empezaron a desfilar ante sus ojos. Estas moradas salpicaban de color al monocromático verde intenso que surgía de los frondosos pinares. Unas aparecían solitarias, otras en pequeños grupos. Se encontraba en la ciudad de Falun. La minería de cobre había constituido el sustento de esta zona, y se aprovechó el polvo del propio mineral para hacer la pintura roja que todo lo invadía: casas, cercas, granjas, que combinadas con el color singular de esta naturaleza conseguían definir de forma particular esta provincia de Darlana, que pese a estar situada en el centro era considerada por sus habitantes la entrada al norte.

         El letrero anunciando Orsa le indicó que le quedaban pocos kilómetros para llegar a su destino. Por fin dejó la carretera general y se adentró por el camino que conducía a la finca. Aparcó a un lado de la esplanada que se extendía ante la casa, y para su asombro halló el césped mejor conservado de lo que esperaba. El bueno de Jonás había mantenido la palabra que le dio en el funeral de su madre. Dirigió su mirada hacía la casa, se asemejaba a todas las de esa zona, aunque la suya era mucho más grande.

         Se concedió unos minutos para respirar y controlar el nerviosismo que le subía hacía el pecho al sentir el peso del silencio. Le alivió ver al viejo arbusto que abría el camino al bosque repleto de frambuesas. Luego sacó la maleta, la bolsa con la comida y se dirigió a la puerta principal. Subió los tres escalones de madera oscura del porche, introdujo la llave y entró.

         Tres habitaciones ahora cerradas conformaban la zona de entrada a la vivienda: el dormitorio de los padres, un baño y el lavadero. El resto era una pieza muy ancha y larga donde se habían abolido las puertas. La mirada enseguida huía hacía el techo, muy alto, de madera pintada en blanco, sostenido por unas enormes vigas. Completaba esta estructura de la cubierta tres altas y gruesas columnas de madera que separaban los diferentes ambientes: una nueva entrada desde la cual partía una escalera, el comedor con una acogedora zona de descanso, y la cocina. La madera de pino dominaba en toda la casa. Dejó la maleta, se descalzó y fue hacía la cocina donde depositó la bolsa. Sus ojos se detuvieron en la chimenea que tenía dos salidas: a la cocina y al salón. Por un momento le pareció ver a su madre cocinando el salmón que él y su padre habían pescado en el rio. Miró el estante lleno de especias, percibió un suave olor dulzón que alertó su olfato. Pero fue sobre todo el aroma de los “Kanell bullar”, esos bollos de canela que su madre preparaba mejor que nadie, el que despertó con más intensidad sus recuerdos. Notó que se le humedecían los ojos.

          Nada había cambiado, el viejo sillón de ella seguía al lado del nuevo sofá que compró hacía años con la pretensión de recibir a menudo a su hijo y a su mujer. Pero eso no pudo ser, ella odiaba la vida campestre y él se dejó arrastrar porque todo su ser se rindió ante ella. Dejó de pertenecerse, y pese a ser consciente de ello, permitió que ella organizara su vida y la relación con su madre. Se sentó en el sillón. Contempló por la amplia cristalera que abría a la parte de atrás del porche como caía la noche. Desde ahí se divisaba el río y los pinos gigantescos que se placían reflejándose en él.  Era el mismo paisaje que le había acompañado durante una parte importante de su vida: bosque, agua y un denso verde. La contemplación de la belleza de esa vista tan añorada se fue adentrando dentro de él logrando que se serenase.   Luego, poco a poco, la calma y la quietud consiguieron que fluyera todo el sufrimiento contenido de los últimos tiempos. Y pudo hacerse una pregunta: ¿fue alguna vez feliz con su mujer?  Tuvo que admitir que solo hubo escasos momentos felices. Si bien estaba tan obnubilado, empeñado en que ella sintiera lo mismo, que lo único que generó fue desinterés y más frialdad. Ella quiso dejarlo hacía un par de años, pero las súplicas de él la hicieron dudar, sin embargo, a partir de ahí su desamor fue creciendo al mismo tiempo que su propio dolor. En este instante le llegaban las palabras de su madre que, en su día, no quiso escuchar: “no se puede obligar a nadie a amar”.  Tardó en aceptarlo.  Ahora sentía que ella le había hecho un favor desoyendo sus ruegos, separándose finalmente sin dejar ningún resquicio de esperanza a la reconciliación.

         Cogió la maleta, subió la escalera para alcanzar la buhardilla donde permanecía su dormitorio. Éste tampoco había experimentado ninguna modificación. Su estantería de cuentos y libros juveniles seguía ahí. Lo único que su madre renovó fue la cama y el colchón, esperando que ellos pasaran allí algún fin de semana o con suerte parte de sus vacaciones estivales. Pero nunca llegó a satisfacer ese deseo, al contrario que ella, que en ocasiones cogía el tren presentándose en Estocolmo para verle, pretextando algunas compras. Se sentó en la cama, el remordimiento que había mantenido a buen recaudo fue emergiendo. Jamás imaginó que su madre se iría tan pronto. Aceptó la muerte de su padre tras una larga enfermedad, pero a ella, con esa buena salud, esa agilidad, parecían que los años no le hacían mella, hasta que el infarto se la llevó sin darle la oportunidad de pedirle perdón y de redimirse.

         Fue a la cocina y vació la bolsa que contenía algo para su cena. Descorchó una botella de vino tinto, llenó una copa, preparó una rebanada de pan que untó con mantequilla, añadió un poco de paté de caviar sueco y una loncha de queso. Se lo llevó todo a un arcón que, al lado del sillón, utilizó como mesa. Se tomó unos cuantos tragos seguidos buscando calmar el desasosiego que se le había desatado. Poco a poco consiguió ingerir lo que había preparado ahogado por más copas de vino de las que tenía por costumbre.

         La noche se había cerrado por completo, una lluvia copiosa caía sin hacer ruido para no molestar al silencio que lo absorbía todo. Hans cerró los ojos recostado en el sillón de su progenitora, dejó que los pensamientos dolorosos emanaran. Sabía que, de una vez por todas, debía enfrentarse a sus demonios. Se encontraba perdido, dolorido, solo, pero de lo único que estaba seguro era de que en este lugar hallaría la paz y el perdón, el hogar de su infancia, rodeado de esta naturaleza conocida y querida y de todas las cosas que su madre había cuidado y conservado. De pronto, impulsado por un fuerte deseo, se levantó dirigiendo sus pasos al dormitorio de sus padres. Permanecía tal y como lo recordaba. La alta cama presidiendo la habitación. Las fotos de sus abuelos, de sus padres, pero sobre todo de él, cubrían las paredes y adornaban las mesitas de noche y la cómoda. Reflejaban varias edades: muy pequeño en brazos de su padre, más grande cogido de la mano de su madre, otra ya adolescente mostrando un salmón y, por último, en la que estaba vestido de piloto. Nunca había puesto una foto de su ex. Era consciente que no era del agrado de su madre, aunque nunca le hizo comentario alguno. Solo en una ocasión, justo la última vez que se vieron en Estocolmo, ella advirtió que su rostro reflejaba demasiada tristeza y así se lo hizo ver. Él le explicó que se trataba del trabajo, pero no le creyó, era muy difícil engañarla. Ese día al despedirse su abrazo fue más largo, le animó a enfrentarse a cualquier cosa que no le hiciese feliz.

         Se tumbó en la cama. Unas lágrimas lacerantes insistían en salir. Se negaba a ello, pero el malestar era tan intenso que comprendió que debía desahogar su cuerpo para poder calmar la angustia de su alma. El llanto lo anegó durante unos minutos al mismo tiempo que liberaba la pena que se había prohibido aceptar.

         Algo más tranquilo subió la escalera hasta su dormitorio y se dispuso a preparar la cama. Mientras sacaba el edredón su mente voló a muchos años atrás, cuando sólo era un niño y su madre para ahuyentar su miedo le contaba la historia del duende “Tomte”.  Se trataba de un ser invisible para los ojos humanos, pero no así para los animales, que cuidaba de todas las familias que habitaban en los campos, de sus cosechas, de sus granjas. Los protegía de otra criatura menos amistosa que vivía en las corrientes de los ríos, el “Nacken”.  Cuando había niebla tocaba el violín con una dulce melodía que atraía a las chicas más bellas de la región, con la única intención de ahogarlas después en el rio, pero “Tomte” siempre estaba ahí para impedirlo. Desde tiempos antiquísimos era el vigilante y el protector. Lo describían como viejo, pequeño con una gran barba grisácea, vestido con un pijama grueso de lana gris y un gorro alto del mismo color. Ese recuerdo dulcificó su rostro y lo reconfortó. Se colocó de lado, se arropó con gusto. Pensó que ciertamente, aquí, en la cuna de sus raíces, curaría sus heridas, volvería a encontrarse a sí mismo y perdonarse sus errores.

Mientras se relajaba pensó en que por la mañana iría a recoger frambuesas para desayunar, luego limpiaría la madera de los suelos como a su madre le gustaba, arreglaría el jardín, iría a pescar… y con esos agradables deseos un sueño plácido lo fue conquistando hasta quedarse completamente dormido.

1 comentario

  1. Avatar de Desconocido Anónimo dice:

    Precioso! Me a encantado y emocionado

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