– Relatos –

                        

Título:         Mientras los demás duermen

Lema:           Turno de noche

 Como seres imbuidos de los poderosos poderes que nos otorga la varita mágica de la escritura, atesoramos la singular capacidad de infiltrarnos en la mente y vida de los humanos. Nuestra pluma convertida en esta ocasión en una cámara invisible servirá para poder acercarnos a la vida de Marta y observar el fluir de uno de sus días. Disponemos asimismo de la inseparable lupa que acompaña a toda investigadora o detective que se precie, con la que conseguiremos alcanzar los lugares más recónditos del alma de esta mujer. 

            Comienza nuestra indagación al inicio de un nuevo día, justo cuando suena el despertador. Silencio. Se empieza a rodar…

A las siete de la mañana le faltaban aún diez minutos que ella aprovecha para concedérselos a su cerebro y su cuerpo, y que éstos se unan para enfrentar el día que les esperaba. La mañana se presentaba apresurada. Tras dejar a su hija en el colegio, era imprescindible desayunar con su amiga que estaba atravesando un momento delicado. Detener el reloj y atender. La amistad que las vinculaba mutuamente exigía ese tiempo. De vuelta a casa, la sensación de agobio, de no llegar a todo la persigue. Realiza las variadas tareas de limpieza y prepara la comida. La hora señalada en el móvil le advierte que puede apurar el poco tiempo del que dispone para sentarse ante el ordenador y terminar el curso “online “que lleva con retraso sobre “la ventilación mecánica”.

            Solo se puede permitir un descanso de poco más de media hora. Menos mal que Marta es capaz de dormir en cualquier sitio y bajo cualquier circunstancia. Por la tarde las actividades deportivas y los deberes de su hija no le dan tregua, si bien pese a estar cansada, las risas, los abrazos y las confidencias de su niña la llenan de energía. Tiene la sensación de que el tiempo ha galopado apresuradamente cuando le sorprende el momento de preparar la cena. Hoy toca verdura, mañana pescado, dos días en la semana carne… Como todos los días con turno de noche deberá acelerarse con la ducha y con su arreglo personal para irse a trabajar.

             El tráfico fluido ha facilitado que llegue al hospital sin problema. En cuanto entra, la noticia de que el trabajo durante toda la tarde ha sido agotador, y que, a pesar de ello, El Servicio de Urgencias sigue atascado, consigue que le caiga una losa encima. Caminando por el pasillo reservado al personal sanitario desemboca en el área de los pacientes. Todos se encuentran repartidos entre la sala de espera, las consultas médicas, consultas de enfermería, zonas de observación y en el box de críticos. Efectivamente el ajetreo es enorme. Entra en enfermería, la compañera que tiene que sustituir suspira al verla entrar. ¡Por fin estás aquí! Ha sido una tarde horrenda. Ella piensa que como siempre. Ésta le cuenta lo más relevante de los pacientes más frágiles. Marta se acerca a estos enfermos a comprobar cómo se encuentran: nivel de dolor, necesidad oxigenoterapia, mantenimiento de las vías venosas, confort. Se dirige a ver las alertas médicas en su ordenador donde aparecen todos los pacientes a los que hay que sacarles sangre, ponerles una vía o darles alguna medicación. Cuando se disponía a realizar estas demandas, un familiar se acerca a la consulta, cuya puerta estaba abierta, para decirle que su madre lleva horas esperando y que nadie la ha visto aún. Todavía esta persona no había terminado de exponer sus quejas cuando se acerca el celador para comunicarle que una mujer estaba vomitando en la sala de espera y se había mareado. Sale rápidamente, pero ya había acudido otro compañero. Como todas las noches las primeras horas eran estresantes, muchos enfermos y faltaban manos. Esa sensación de impotencia, esa imposibilidad de poder atender como le gustaría, la frustra. Y lo más triste es que sabe o siente que es difícil cambiar esto por lo que sigue adelante sin detenerse.

Pese a la situación de aceleración, el tiempo ha volado sin apenas darse cuenta. Marta nota ese dolorcillo en la sien debido al cansancio y a la falta de azúcar. Se dirige al “staff” donde siempre hay un paquete de galletas maría, típicas de hospital, que mastica y traga mientras avanza por el pasillo de enfermería para mantener el ritmo. Las primeras horas se suceden yendo de un lugar a otro: la sutura de una herida, una férula de yeso, extraer sangre, administrar medicación, poner una sonda de orina. El parpadeo del ordenador con su sonido de alertas es continuo, lo que provoca que el estrés se mantenga vivo.

            Cuando la madrugada hace su aparición la situación se ha calmado. Dispone de media hora para desconectar, si bien antes se acerca a la camilla que está situada enfrente de la consulta de enfermería. Comprueba que la mujer – cuya hija se había quejado – se encuentra algo adormilada, más tranquila y sin dolor. Ve que la hija tiene los ojos lagrimosos. Es consciente que el familiar necesita unas palabras de consuelo, sin embargo, en ese momento suena el teléfono, una llamada urgente del médico para atender a un niño. Otra vez, piensa, quedan relegados aquellos cuidados tan básicos como es la escucha, y la relación humana de los profesionales con los pacientes y sus familiares. Marta conoce muy bien la teoría, pero sabe lo dificultoso que resulta llevarla a la práctica. Se dirige rápidamente hacía la consulta. Este es un cometido siempre delicado, la mirada asesina que le dirige el padre es el aviso de que debe extraer la sangre a su hijo al primer pinchazo. Con calma Marta le pone el comprensor en su pequeño brazo y palpa la vena, suspira interiormente, el trance está controlado.

            A su vuelta, se encuentra al anterior familiar llorando, el médico acaba de darle malas noticias sobre la enfermedad de su madre, la tienen que ingresar, la situación es muy complicada, pero que iban a hacer todo lo posible para que ese riñón volviera a funcionar. Marta mira a la mujer a la cara e imagina su angustia. Se siente mal por no haber podido estar más pendiente de aquella hija. Ese pensamiento la lleva a su madre que también se está haciendo mayor y el sentimiento de culpa se multiplica por tres. Había días como el de hoy, en el que no encontraba el espacio para pararse y escuchar. 

             En la consulta 2 se encuentra una residente de segundo que tiene cara de jovencilla pese a estar cerca de la treintena. Está enfrascada en los múltiples libros de medicina que lleva siempre consigo, además de las páginas web abiertas en su ordenador para resolver algunas dudas. Marta se acerca y se topa con una cara de agobio de no poder más, muy generalizada en los residentes de medicina.  Su turno empezó a las ocho de la mañana, está agotada. La enfermera la abraza para consolarla y le dice que ya queda poco, que no se preocupe, que la situación está controlada. De repente se oye las ruedas de una camilla deslizándose a toda prisa y la voz de alarma de un profesional que grita ¡a críticos! De nuevo el corazón de Marta pasa de cero a cien en dos segundos.

            Son las seis de la mañana, Marta se distiende con sus compañeras en la consulta de enfermería charlando y riendo de sus cosas. Ya quedan pocos pacientes en las urgencias. Aunque hay alguna mirada de reprobación de los enfermos y algún familiar que no aprueban ese relax de los trabajadores sanitarios.

            De nuevo, ya finalizada la jornada, en los vestuarios femeninos, las enfermeras siguen comentando sobre lo más relevante de esa noche, aunque eso no impide que se sientan ya complacidas por haber acabado su trabajo por hoy.

            Cuando Marta sale a la calle, la claridad del sol la deslumbra, una brisa fresca le acaricia el rostro, suspira agradecida. Lo mejor del turno de noche para ella es el saliente, ese día se permite desayunar con tranquilidad y ver el principio de su serie romántica favorita hasta que la vence el sueño y puede por fin descansar.

            Y queridos lectores nuestra labor de investigación ha finalizado. Nuestra pluma y demás efectos de trabajo están guardados. Ahora dejaremos a Morfeo extender sus alas y ocuparse de transportar nuestra protagonista a lugares serenos donde reparar la fatiga y la angustia que envuelven a los humanos en su día a día.

                       

                   

1 comentario

  1. Avatar de Desconocido Anónimo dice:

    Está tan bien descrito, Que la situación se vive con estress!!! Para reflexionar cuando critiquemos al personal sanitario, con excepciones que las habrá, dan lo mejor de sí, a pesar de los PENOSOS medios con los que cuentan y unos superiores más políticos que sanitarios.

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