– Relatos –

                   

        La sorda algarabía de las golondrinas.

         El protagonista de esta historia es un niño llamado Antonio que con solo siete años presentaba ya actitudes distintas a otros chicos de su misma edad. Destacaban en él la templanza, la moderación y una sensibilidad poco frecuentes en un chiquillo tan pequeño. Quizás se debiese a que Antoñito- así lo llamaba su familia – era sordo-mudo como se denominaba por aquellos años cincuenta a la persona que carecía de ese sentido.

         Esta mañana tomaba su desayuno con prisas, sin disfrutarlo como otros días, parecía nervioso y ni apuró el tazón de chocolate con leche ni los picatostes que quedaron esparcidos en el plato.  Se levantó enseguida de la mesa. La madre, que en ese momento ordenaba la alacena, lo miró extrañada, pero no dijo nada, le resultaba incomodo regañarle; tal vez fuese porque raramente la desobedecía o por su aspecto angelical, muy rubio y con unos ojos color cielo en los que predominaba la inocencia. Todo ello contribuía a que el enfado desertarse rápidamente sin detenerse. Si bien, esa apariencia seráfica no era óbice para que su mirada inteligente de observador ávido captase perfectamente lo que ocurría a su alrededor. El niño abandonó la cocina y tuvo que pasar por el porche para salir al jardín.

            La naturaleza había empezado a vestir sus mejores ropajes para recibir como se merecía a esa nueva estación que desde tiempos inmemoriales satisfacía a pequeños y mayores. Con todo, en este norte de África, los cambios no eran demasiado bruscos, pero la primavera siempre aportaba nuevas savias que la flora y fauna agradecían. Las flores inundaban con sus diferentes coloridos todo el entorno: los capullos de las rosas se veían prestos a abrirse al igual que los lirios. Los dos árboles de mimosas que no distaban muy lejos de la casa aparecían más frondosos y sus flores de color amarillo brillaban a causa de los destellos de sol que se habían infiltrado entre sus ramas.

         Sin embargo, el pequeño no se entretuvo como otras mañanas contemplado toda esta maravilla que le inundaba los sentidos de esa variedad multicolor; se dirigió rápidamente hacía el cuartillo que había detrás de la casa donde su padre guardaba las herramientas.  Miró con ansia hacía el tejadillo. Suspiro tranquilo. El nido aparecía en calma, no se veía ningún movimiento. Se alejó hacía el eucalipto que estaba enfrente y se sentó en el columpio, dispuesto a esperar todo lo necesario hasta ver aparecer a sus amigas que estaba seguro de que no tardarían en llegar. Recordó que, hacía algún tiempo, habían trabajado sin descanso trayendo ramitas y barro que moldearon con el pico hasta lograr tener ese refugio compacto y que permanecía igual que cuando lo dejaron. Su padre le había contado que las golondrinas tenían memoria y volvían al mismo nido del año anterior.

         Efectivamente, al poco tiempo los cantos de las aves se fueron esparciendo por el lugar y aunque él no los oía, disfrutaba contemplado ese vuelo en grandes bandadas, unas al lado de otras, transmitiéndole fuerza, poder y libertad. Ese sueño se repetía en su cabeza muchas noches, le gustaría poder volar como ellas.  Durante unos minutos que a él le parecieron ínfimos, fueron pasando por encima del jardín. Antonio contuvo la respiración esperando… cuando ya se temía lo peor, un grupo pequeño, se apartó del otro más grande y se lanzó en picado hacía el tejadillo. Estaba tan emocionado que no se atrevió a moverse. Se habían posado sobre el nido y se habían metido dentro, aunque no tardaron en salir, dispuestas a localizar su alimento. Le asombraba lo activas que eran, acababan de llegar y ya estaban preparadas para buscar comida. Ese era su momento preferido, la forma graciosa en que se elevaban hacía arriba, parecido a los cohetes que lanzaban el cielo en las fiestas a las que una vez acudió con sus padres, para luego bajar a gran velocidad y atrapar las moscas y mosquitos que a él tanto le molestaban. Pero lo mejor era cuando se lanzaban sobre los saltamontes, actuando con tal rapidez que tenía que estar muy atento para no perderse ese instante, los atrapaban al vuelo, sin detenerse, con tal maestría que por unos segundos permanecía extasiado. Luego, el pequeño sentía su cuerpo llenarse de esa energía  por lo que empezaba a balancearse con empuje  hasta alcanzar una buena altura y disfrutar con más nitidez de sus amigas. Las consideraban así porque nunca se asustaban de su presencia y le parecía que lo miraban y hablaban de él, aunque no las entendiese.

         Su madre se asomó y le hizo señas instándolo a que debía venir. El niño obedeció sin muchas ganas sabiendo lo que quería. Volvió a entrar en la cocina, que ahora con la ventana abierta, se había convertido en una estancia diferente otorgándole la iluminación del sol, alegría y belleza pese a su sencillez. Su progenitora tenía en brazos una niña de pocos meses y ayudándose de unas cuantas gesticulaciones y palabras que le pronunciaba despacio, le explicó que tenía que mecer a la pequeña en la cuna para que ella pudiese hacer de comer. Aunque su madre era parca en detallar lo que deseaba, él captaba enseguida lo que le quería decir. La siguió al dormitorio, los postigos de la ventana se encontraban entornados sumiendo la habitación en una penumbra que a Antoñito no le agradaba, si bien comprendía que eso facilitaría el sueño de su hermanita. Una vez en la cuna, la bebé empezó otra vez a berrear pero la madre salió dejando la tarea en manos de su hijo. Este se inclinó, alargó su mano y empezó a acariciar su carita con mucha suavidad y dulzura, luego con las yemas de sus dedos fue recogiendo las lágrimas que poco a poco dejaron de derramarse. Necesitó de unos cuantos minutos para que la pequeña se fuese tranquilizando, hasta que una sonrisa apareció en su rostro transformándolo por completo y provocando en el hermano una risa que en él sonaba algo distinta.

         Como no podía ser de otra manera, Antonio no se perdió la hora en que las aves se recogían y se iban a dormir, imaginaba que harían mucho ruido por todos los movimientos que se producían alrededor del nido antes de meterse dentro. La rutina de sus comportamientos, sus vuelos, sus idas y venidas lo habían acompañado durante todo el día. El ver como cumplían con sus tareas sin que ningún obstáculo se lo impidiese le transmitía seguridad y confianza. El día acababa y él, imitándolas, también se encerraba en casa.  

         Esa noche le estuvo exponiendo a su padre todo lo acontecido con los pájaros y que estaba muy contento porque habían vuelto las cinco golondrinas que habían estado hacía meses. Al niño le placía las explicaciones del padre, tenía mucha calma y le detallaba lo que a el le interesaba. Ahora le contaba que esas aves dejaban su casa cuando escaseaban los alimentos y cruzaban mares y océanos para migrar a otro lugar donde hubiese comida para su familia, un poco como ellos que habían dejado su país para que, sobre todo él, tuviese una oportunidad en el colegio de sordos donde tendría que irse casi al mismo tiempo que sus amigas.

         Una vez tumbado en su cama, Antonio repasaba todo lo que su padre le había descrito. Hacía tiempo que sabía que debía trasladarse a una escuela especial que estaba lejos, a otra ciudad que se llamaba Argel y hacer el trayecto en tren.  En un principio le asustó la perspectiva de partir a un lugar desconocido, pero cuando le explicó que aprendería a escribir y a leer, eso le gustó. En estos momentos le parecía una meta difícil de alcanzar el descifrar eso signos que veía en algunos letreros y en algunos papeles que su padre tenía en casa. Aunque lo que realmente le ilusionó fue enterarse de que iba a encontrar muchos chicos como él y que se comprenderían, echaba de menos poder entender lo que decían los niños de su edad. Cuando venían los amigos de sus padres con sus hijos jugaban juntos pero la mayoría de las veces no sabía lo que querían decirle, solo lo intuía.

         La imagen de sus amigas volando junto a él camino de Argel, lo fue arrastrando hacía los brazos de Morfeo sumergiéndolo lentamente en un apacible y sereno sueño.

     

1 comentario

  1. Avatar de Desconocido José Luis dice:

    Después de leerlo es cuando he entendido que la palabra “sorda” está colmada de tanto peso, que solo los que queremos a los Antonios de este mundo, entendemos su verdadero valor. 🥰

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