– Relatos –

                       

            ENCUENTRO EN UN JARDÍN DE ISPRA

El taxi se detuvo delante de la verja. Elisa se bajó y pulsó el timbre. Mientras esperaba pagó al conductor que había depositado su maleta tras la puerta que ya se entreabría automáticamente.

Un inmenso jardín de apariencia salvaje sabiamente domesticado rodeaba la villa. Un acebo japonés y un abeto ruso fueron los encargados de darle la bienvenida. La vista del rododendro con sus racimos de flores malvas le alegró e intuyó que aquí su espíritu se serenaría. Se había quedado quieta esperando sin ninguna prisa a que el propietario, con el que había tratado “on line” todo lo concerniente al contrato del alquiler, apareciese.

Dos caminos dividían la finca. Por el más ancho apareció un hombreque con paso ligero se acercaba a ella: – Buongiorno, soy Pietro, ¿Elisa? Le extendió su mano que ella recibió con agrado. Al verle de cerca, la mujer sospechóque aquella persona había salido recientemente de un duro proceso de enfermedad, de esos que te dejan sobre tu cuerpo manifiesta huella. Sin embargo, pese a que el color de su piel y la ausencia de cejas y pestañas guardasen la marca registradade la quimio, sus ojos pardos transmitían ganas de vivir además de bondad. Asió la maleta y le indicó que lo siguiera. Se internaron por el camino más estrecho donde las piedrecitas desaparecían entre la hierba que, tozuda – según le iba contando – lo invadía todo. Al final había optado por dejarla una temporada libre, le dijo a Elisa con una sonrisa que ella encontró encantadora. El dialogo entre los dos surgía espontáneo pese a la dificultad idiomática. Él recordaba algo del español aprendido cuando tras acabar arquitectura decidió pasar un año en España.  Ella había hecho un curso acelerado de italiano.

Andando un trecho por aquella senda se detuvo maravillada antela cantidad de árboles que se sucedían en el camino. Pietro le fue explicando que el primero era el “Agrifoglio “o acebo con sus bolitas rojas y sus hojas verdes que simbolizaban la navidad. Acompañándole se situabael árbol del laurel, le seguían varios pinos austriacos no muy alejados unos de otros, erguidos, tocando el cielo. A continuación, junto al árbol de las camelias blancas y rosas, emergían abetos de diferentes tamaños cuyas ramas muy abiertas parecían desearle una grata bienvenida. Él le señaló un cedro altísimo, hermoso, que le cedía el paso al calicanto, un arbusto cuyas ramillas rígidas lucían unas hojas de un verde brillantísimo. Un magnolio era el que cerraba al final del camino este paseo rozando las nubes. Pietro sonreía continuamente al ver la expresión maravillada de Elisa, observó que ellaera una mujer de asfalto y de poco contacto con la naturaleza.

A mitad de camino entre la entrada y la casa, el arquitecto tuvo a bien no olvidar construir una hermosa pérgola rectangular de piedra. En ella las glicinas de color lila habían tejidouna techumbre que proporcionaba en este espacio ideal una inclinación natural hacía la relajación y contemplación.  

Siguieron andando hasta un grupo de palmeras de apariencia columnar que señalaban la entrada a una nueva senda algo más ancha. Ésta se levantaba sobre lajas que arribaban a la casita de invitados. Allí varios arbustos de hortensias azules, rosas y blancas impregnaban de colorido aquellafachada transparente en el que el cristal se había convertido en el dueño absoluto.

La realidad superaba en belleza a las fotos que Elisa había visitado en internet. Una vez dentro del apartamento la piedra, la madera y el vidrio aparecían combinados con tal pericia que habían generado un ambiente sumamente confortable. Laalegría, convertida en la inseparable compañera de la luz refulgente que surgía tras los cristales, invadía toda la estancia. Elisa supo con certeza que aquí descansaría tras el estrés acumulado desde hacía un año.  El dueño la instó a salir de nuevo, le señaló unos tramos de escalera de piedra situados en la parte trasera que ascendían a la casa edificada en la zona más alta. Construida en piedra, con formas geométricas rectangulares y las ventanas longitudinales, destacaban las cornisas gruesas muy pronunciadas de acero cromado. Pese a toda su sencillez, aparecía majestuosa como ama y señora del jardín que se extendía a sus pies.

Se había tumbado en el sofá del pequeño salón. El silencio y la paz reinantes consiguieron que se quedase completamente dormida. Un suave golpeteo en el cristal de la puerta la despertó sobresaltada. Era Pietro. Se aprestó a abrir. Venía a invitarla a un aperitivo dentro de media hora. Se quedó muy sorprendida cuando al mirar su reloj advirtió que sólo eran   las seis, pero como él le dijo con una sonrisa de oreja a oreja, era el horario italiano. Elisa aceptó dedicándole también una amplia sonrisa acordando encontrarse en la pérgola.

Se dio una ducha rápida. Luego se puso un vestido con un estampado discreto que le disimulaban los kilos que le regaló en su día la menopausia y que después de muchos años todavía conservaba.  Cepilló con vigor su melena corta. El último toque se lo proporcionó el carmín color coral en sus labios destacando en su piel morena. Se vio guapa, se sonrió, estaba contenta sin saber el porqué.

La mirada que le dirigió Pietro disparó un cosquilleo agradable en su estómago. Se sentó a la mesa de madera que él había cubierto con un mantel blanco, resaltando las dos copas con un contenido de color anaranjado. Le explicó que se llamaba “spritz”, un coctel compuesto de “aperol “(de ahí su color naranja), “prosecco” (una bebida parecida al champán), soda, unos cubitos de hielo y una rodaja de naranja; se tomaba con una pajita de color marrón oscuro que acentuaba el atractivo de la copa. Tras el brindis el primer sorbo le recordó al vermut. Esta bebida se acompañaba con unas aceitunas, patatas fritas y unas “pizzetas” que Pietro había hecho y que Elisa encontró exquisitas.

La conversación transcurría amena. Después del segundo “spritz,” sin ningún pudor por parte de ninguno, hablaron de sus vidas.  Él era viudo desde hacía dos años, aunque ella lo había abandonado un año antes; se había enamorado como una colegiada – según le dijo – si bien cayó enferma y volvió a él buscando refugio unos meses antes de morir.  La cuidó con cariño olvidando su dolor ante el dolor de ella. Esta confesión le confirmó a Elisa que su apreciación fue acertada desde el primer momento, la ternura y la generosidad formaban parte de su ser. Luego le llegó el turno a ella. Enviudó hacía cinco años. A los dos años conoció un hombre seis años más joven que ella. Con gesto risueño le aclaró que no se notaba porque, como podía comprobar, era menuda, sin embargo, él parecía un oso. Ante esta comparación el italiano puso cara de asombro. Elisa tuvo que explicarle con una sonrisa que era muy grande y gordo. También se enamoró como una colegiala pese a tener ya más de sesenta años. Él rio y ella lo secundó, aunque sólo pudo hacerlo durante unos segundos. Recordó, y así se lo narró a él, que hacía casi un año que la había dejado por otra mujer más joven. Había sufrido mucho, sintiéndose además sola ante su desconsuelo pues no encontró el apoyo deseado en sus hijos. Él nunca fue de su agrado, se limitaron a repetirle que tarde o temprano una relación como esa se rompería. Pietro puso su mano sobre la de ella, que descansaba en la mesa, y la apretó suavemente para infundirle consuelo.

 Continuaron hablando sobre los hijos. El italiano tenía un hijo arquitecto como él, trabajaban en el mismo estudio; la relación entre los dos marchaba bien. Elisa se entendía mejor con su hijo que con su hija, que no le había perdonado que se enamorase de esa forma a su edad y que olvidara tan pronto a su padre.

Tras una pausa le preguntó si este lugar le resultaba apropiado para poder escribir. Ella le contestó que hacía tiempo que no había dormido como lo había hecho esatarde. A él le gustó su respuesta, los dos soltaron una risa que los reconfortó.

Los días transcurrían pausados pero fructíferos, Elisa los disfrutaba minuto a minuto. Amanecía muy temprano, a las siete el sol empezaba a iluminar el jardín. Se sentía tan llena de vida que enseguida se calzaba las zapatillas y se adentraba por una vereda detrás de la villa donde la frondosidad del entorno la escoltaba durante todo el trayecto. Una vez concluida la ducha indispensable, se preparaba un abundante desayuno con el que se deleitaba especialmente menospreciando únicamente el transcurrir del tiempo. A continuación, comenzabaa escribir invadida por una energía desbordante. Tenía que entregar varios artículos a la revista para la que trabajaba. Pese a que había rebasado la edad de jubilación seguía colaborando, cómoPietro, que se había tenido que marchar a Milán inmerso también en otro proyecto profesional. Aunque estaba sola en la finca no tenía miedo. Eldueño le había asegurado que todo estaba vigilado por cámaras y que era un lugar muy tranquilo. Por otra parte, se había hecho amiga de los dos gatos del propietario que se paseaban por el jardín. Picki y Nemo se presentaban todos los días delante de su puerta, reclamando sus caricias y algo de comida.

Lo volvió a ver el fin de semana.  Al igual que la vez anterior fue a invitarla, si bien en esta ocasión el obsequio fue una cena y, de igual modo a ellale siguió asombrando la hora tan temprana: las siete y media de la tarde.

Entró en la casa. Encontró mucha similitud con su apartamento, aunque ésta era mucho más grande. Le gustaron los espacios abiertos, apenas sin muebles, que caracterizaban a esta estancia amplia, diáfana: un enorme sofá y un mueble largo de poca altura ocupaban la parte central; en un rincón una estantería repleta de libros con una butaca a un lado y una lámpara de pie incitando a la lectura. El suelo de madera clara imprimía bienestar, todo invitaba al visitante a sentirse cómodo, a gusto. Un muro bajo de piedra separaba este ambiente de la cocina, donde un gran ventanal abría al jardín permitiendo que la luz irradiada creara un área especialmente acogedora.  En un lado estaba la mesa dispuesta. Empezaron con un “spritz” que acompañaron de una rebanada de pan tostado con un paté de aceitunas negras elaborado por él mismo. Elisa, amante de la buena cocina, disfrutó con este entrante y con lo que fue viniendo después: los raviolis de pasta fresca que había rellenado de espinacas y ricota, aliñados con un poco de aceite y queso parmesano le resultaron deliciosos.  No cesaba de hacer comentarios y gestos sobre la calidad de lo que estaba saboreando. Pietro se regocijaba observándola comer con tan buenas ganas, sumamente atento escuchaba con deleite como alababa su comida. No faltó tampoco la ensalada con todo tipo de hortalizas. Como broche final, un buen vino blanco de la región que fue regando la cena animando aún más la conversación desenfadada que se había instaurado entre ellos.

Sabían que se atraían y se regocijaban con ello. Cada uno por diferentes razones. Él, pese a su aspecto, contento de poder atraer a una mujer interesante, hermosa y con sentido del humor. Ella, cautivada por su mirada inteligente e intensa que escrutaba más allá de sus arrugas, de sus kilos. Y los dos asombrados ante este despertar de sus almas, de sus cuerpos, capaces, pese a lo sufrido, de volver a sentir el amor.

Fue un fin de semana maravilloso en el que apenas si se separaron. Vivieron sintiendo la resurrección de sus cuerpos, lo aprovecharon al máximo como la última oportunidad que la vida les brindaba.

A las pocas semanas, Elisa regresó a España. A pesar  a la tristeza por la separación era feliz por todo lo que había vivido, lo que había sentido. No sabía lo que ocurría en un futuro, tampoco le preocupaba, se hallaba llena de una savia nueva. Él le había prometido que iría a verla. Milán estaba a tan solo dos horas y media de Granada, no estaba dispuesto a perderla después de que ella lo hubiera devuelto a la vida. Habían acordado llamarse todas las noches, los dos necesitaban oír la voz acariciadora del otro. Ese simple hecho bastaba para colmarla de ilusión.

                                                                 Ispra, 2019

1 comentario

  1. Avatar de Desconocido José Luis dice:

    Bonita historia de un amor furtivo! 🥰

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