– Entrevistas –
Entrevista publicada en la Revista «Lumbre».
EMPEZAR A VIVIR A PARTIR DE LOS 68 AÑOS:
DE LA “A” A LA “Z” DISPUESTA A APRENDER
Por una de esas casualidades que tiene la vida, la voz de la nieta me condujo a conocer a su abuela.
Me pareció tan sumamente interesante todo lo que me relató esa mañana sobre Josefa, que horas más tarde pensé que esa vida no podía quedarse silenciada en el pueblo de Jódar. Me dije que era imprescindible ofrecerle este soporte, (del cual tengo la suerte de disponer), y dejar hablar a Josefa, que nos contara su experiencia de vida, sus deseos y como los años no pudieron impedir que llevase a término una de sus ilusiones: aprender a leer y escribir.
Y me siento sumamente agradecida por haber sido acogida en su casa y por aceptar esta entrevista.
Josefa es una mujer menuda, con un rostro donde destacan sus ojos llenos de vida, abiertos, ávidos para no perderse nada de lo que ocurre a su alrededor. En cuanto empezó a hablar me encontré con una mujer enorme por sus cualidades humanas. El sacrifico y la entrega a su familia han marcado su camino. Cuidadora desde su más tierna infancia, ese duro recorrido lo ha aceptado como algo natural sin quejarse ni culpar a nadie. Eran los tiempos difíciles de entonces, me cuenta. Si bien, después su principal lucha y objetivo como madre ha sido que sus hijos tuvieran estudios. Para ella ese era el mayor tesoro que les podía legar. Y lo logró.
No quiere que emplee el usted por lo que empezamos la entrevista tuteándonos.
– Josefa, ¿me puedes decir tu edad? 81 años.
– ¿Fuiste a la escuela cuando eras niña? No
– ¿Por qué? Era la mayor de diez hermanos y éramos muy pobres. Yo me ocupaba de mis hermanos, pero como todavía era muy pequeña, mi cometido consistía en tenerlo vigilados en la habitación y que no salieran de allí para que mis padres pudiesen ir a trabajar al campo.
– ¿Era habitual que las niñas no fueran a la escuela? Si, se veía muy normal.
¿Entonces no eras tu una excepción en este caso? No. Incluso las familias de clase media mandaban solo a los niños a la escuela, las niñas se quedaban en casa. Mis hermanos no pudieron ir cuando les tocaba, sino que tuvieron que esperar a hacerse mayores.
– En aquel entorno en el que creciste, ¿cómo se veía que los chiquillos no pudieran ir a la escuela? Era algo frecuente, usual en el ambiente en el que nos movíamos. Estábamos en los años 40, en plena posguerra, había mucha miseria. Aunque a mí, personalmente me parecía muy mal, porque me gustaba la escuela. Cuando acompañaba a mi madre a cualquier recado cerca de ese lugar, me quedaba pegada a la puerta. Mi madre tenía que tirar de mí, no sabría explicar el por qué, pero me atraía mucho.
– Es comprensible suponer que en aquellos tiempos la prioridad de una mayoría significativa de padres era encontrar y sostener un trabajo que les permitiera criar y mantener a sus hijos. ¿Crees que pensaban en la educación como algo prioritario en el presente y para el futuro de sus hijos, o quizás no llegaban a otorgarle a la formación el valor que realmente tenía?
Lo importante entonces era tener trabajo. Ante la poca formación e información de la que carecían los padres, se cargaban de hijos. Por lo tanto, lo acuciante para ellos era que no les faltara el alimento a sus retoños. Lo demás no alcazaba la importancia que debía tener pese a que mi padre sabía leer y escribir. El nació en los años 20 y pudo ir a la escuela, si bien ahora la situación era todavía más precaria. Y cuando él llegaba por la noche, agotado de un día duro de trabajo, no le quedaban fuerzas para enseñarnos las cuatro letras. Además, todas las familias humildes lo teníamos asimilado como una práctica habitual. Solo los hijos de las familias de clase media podían ir a recibir esa educación.
– ¿Percibías durante la realización de tus actividades de tu vida diaria que el no haber aprendido a leer y escribir te limitaba?
Por supuesto que sí y mucho. Si yo hubiese sabido leer y escribir y expresarme mi vida hubiese sido de otra manera. Era muy consciente de una carencia que me provocaba muchas vergüenzas y hacía que derramara muchas lágrimas también. En el pueblo, aunque notaba esa falta, me manejaba porque había una mayoría de analfabetas.
Lo peor fue cuando, ya casada, nos tuvimos que marchar a Valencia en 1964 en busca de una mejor vida. Y ahí me sentí extranjera en mi propio país. No sabía leer un letrero ni el nombre de una calle, y lo más difícil era cuando tenía que ir a comprar al supermercado, sufría horrores al desconocer los precios. Me tuve que aprender algunos trucos para no estar preguntando a cada momento: decía que no llevaba las gafas y que no veía el precio. Por ejemplo, la lata de atún la conocía por el dibujo, pero el precio lo desconocía por completo, no entendía las cifras.
Algunos de mis hermanos se vinieron también con nosotros en busca de trabajo. Sin embargo, a mi hermana, la menor, la puse yo en la escuela. No quería que sufriera en su futuro lo que yo estaba padeciendo. Me ocupaba de todos ellos y además de mi hija pequeña que ya había nacido por aquel entonces. Trabajaba también en lo que se me presentaba. Siempre andaba faenando y lavando la ropa a mano. No conocíamos los días de descanso, no existían ni las fiestas ni los domingos ni las vacaciones, trabajábamos como animales para poder ahorrar un poco de dinero.
Había que mandar dinero al pueblo para mis padres. Por lo que le tenía que ir a correos. Y ese hecho era una pesadilla para mí. Le temía horrores al hecho de tener que ponerles el giro. Con todo tuve suerte una temporada, me atendía un hombre amable al que no le importaba rellenarme el documento pertinente ya que yo no sabía escribir. Se lo agradecía dándole una propina para que se tomara un café. Pero llegó un día en el que fue sustituido por otro que no estaba por la labor. No le agradó en absoluto que yo no supiera escribir y el tener él que rellenar el giro; al final lo hizo, pero con muy malos modos. Era una administración franquista y no abundaban las personas que querían echarte una mano. Me preguntó cómo se escribía Balboa, si era con v o con b, como entonces yo no lo sabía, me insultó, tratándome mal, diciéndome que no se podía vivir como animales. En esos momentos los colores me subían al rostro y el bochorno me apabullaba y sentía ganas de llorar. Sin embargo, pedía disculpas por ello. Aunque nunca permití que les echaran las culpas a mis padres por no mandarme a la escuela. Siempre fui consciente de que no lo hicieron porque verdaderamente no pudieron. Me he conformado pensando que fue culpa de la época tan dura que nos tocó vivir.
Cuando sus hijos estuvieron en edad escolar, ¿la situación sobre la importancia de la educación había cambiado con respecto a la que usted había observado de sus mayores cuando era niña?
Si, por suerte la situación había cambiado mucho. Y los padres también éramos conscientes de ello. Pese a no saber nada, yo montaba la escuela en el comedor de mi casa y estaba pendiente de que trabajasen en sus deberes. Por dentro sufría mucho por no poder ayudarles, y cuando me preguntaban si estaba bien la hoja que habían escrito, yo les decía que si pero que se tenían que aplicar mucho más. Los estudios de mis hijos se convirtieron para mí, se puede decir, en lo más importante de mi vida. Estaba dispuesta a hacer lo que fuera necesario para que hicieran estudios superiores. Incluso con 63 años fui a vendimiar para que mi hija, la más pequeña, pudiera ir a estudiar magisterio a una escuela privada. He tenido mucha suerte porque a los tres le ha gustado estudiar, y me siento muy satisfecha.
Y la oportunidad de aprender ¿cómo se presentó? ¿Fue una experiencia difícil?
A partir de los años 80 se presentaron muchas oportunidades en el pueblo, pero mi situación familiar era todavía complicada, tenía que cuidar de mi padre y de mi hermano enfermo. Cuando murió mi padre y me quedé algo más libre, mi marido no me puso ningún impedimento para que me matriculase en la escuela de adultos. Yo le decía que ya había aprendido en la universidad de la vida y que ahora necesitaba aprender la universidad de las letras.
El primer día que entré en la escuela, se me formó un nudo en la garganta. Me acordé de mi madre y pensé en la alegría que experimentaría si me viera. Recuerdo ese día con emoción (a Josefa se le rompe la voz) era tan feliz que me sentía como una niña con zapatos nuevos.
Me lo tomé muy en serio. No falté nunca. Iba a la escuela lloviendo, con frio, nada me detenía. Incluso recuerdo un día que hubo una gran nevada y como yo estaba empeñada en ir como fuera, mi yerno me hizo el favor de llevarme en el coche.
Era la más mayor y la más atrasada del grupo. Eso me exigía más por lo que le pedía al maestro que me pusiera deberes para la casa que el tiempo apremiaba y que tenía que ponerme a la par de las demás. Me alarmaba caer enferma y no poder seguir por lo que me tomaba muy en serio mi trabajo. A veces, algunas mujeres se ponían a contar algunas historias que no tenían que ver con lo que se estaba explicando en clase, yo me ponía muy seria y decía que no estaba allí para perder el tiempo. Me había sentido tan insegura y había sufrido tanto por no saber, que tenía hambre y prisa por aprender. Me acostaba recitando las tablas de multiplicar, incluso con mi hermano en el hospital, en los momentos que él descansaba, yo me dedicaba a repasarlas. Cualquier momento era bueno para releer, revisar mis deberes, sentía que debía recuperar el tiempo perdido. Me sentaba siempre en la primera fila para no desaprovechar ninguna explicación, tal era el afán que tenía.
Permanecí cinco años en la escuela.
.
¿Qué cambios han supuesto en tu vida haber podido llegar a satisfacer esa ilusión que siempre habías tenido? ¿Cómo te sientes?
Me siento una persona feliz. Cuando pude por fin firmar en el banco, y escribir mi nombre, me parecía que era una mujer distinta.
Ahora lo que más me satisface es sentarme en mi patio a leer. Ya les he dicho a toda mi familia que el único regalo que deseo que me hagan son libros.
– ¿Como surgió lo de escribir poesía?
Cuando aprendí a leer, aunque siempre los poemas los he tenido en grabados en mi mente.
-¿Me podrías recitar alguno?
Virgen de la Merced,
soy andaluza
Almería, nunca vi,
hasta que tu madre mía,
me has traído hasta aquí.
He venido a trabajar
a esta tierra marinera,
no he traído más amparo
que mi hija de la mano.
Madre mía, yo te pido,
cúbremela con tu manto.
Nada más venir a Balerma,
el templo yo visité.
Y al mirar tu dulce cara,
mi alma se iluminó.
Yo creí que tú me hablabas,
y que me abrías tu corazón.
Que es tan grande y poderoso
y está lleno de infinita bondad.
Que, aunque nosotros pecamos,
tu nos sabes perdonar.
Acabado mi trabajo,
yo me tengo que marchar,
dejándome compañeros y amistad.
A mi Virgen marinera.
mil gracias le tengo que dar,
que si no fuera por ella mi vida sería na”.
Te diría tantas cosas,
pero estoy emociona:
solo quiero recitarte
unas palabras nada más.
Eres una rosa transparente,
el perfume de un jazmín,
Perdóname, madre mía, si en algo yo te ofendí.
(Josefa lo ha recitado de memoria)
Para terminar esta entrevista, me ha parecido pertinente transcribir algunas palabras que describen a Josefa y que fueron expresadas así por el maestro que tuvo en su escuela:
“mientras estuvo en clase puso todo su empeño en seguir aprendiendo. No había nada que no le gustase. La comparaba con una hormiguita: pequeñita pero muy trabajadora que paso a paso siempre entregaba sus tareas. Cuando terminaba sus clases, me asombraba como limpiaba su goma de borrar y cuidaba siempre con esmero la limpieza de su hoja o de su ficha. La conocí allá por el 2013 y me dejó una gran huella. Personas como ella no abundan: cariñosa con todo el mundo, un ejemplo como compañera, como alumna, como madre, como esposa y abuela.”
Gracias de nuevo Lola, por plasmar toda la inquietud de mi abuela. Le cumpliste un sueño y la hiciste muy feliz. Me encanto la entrevista.
Me gustaMe gusta
Una gran mujer!🥰
Me gustaMe gusta