– Entrevistas –
Entrevista publicada en la Revista «Lumbre».
SALIR DE LA OQUEDAD.
¿ES POSIBLE COMENZAR UNA NUEVA VIDA TRAS UNAS EXPERIENCIAS DRAMÁTICAS Y DELICTIVAS?
La historia que vais a conocer a través de esta entrevista os proporcionará la respuesta.
La primera referencia sobre Mati (Matías) me llegó a través de un amigo y pronto despertó mi interés por conocerlo. Como ya apunté en otra entrevista anterior, parece que solemos fijar nuestra mirada más en los comportamientos improcedentes e inadecuados de algunos jóvenes, sin considerar que también existen otros capaces de enfrentar duras batallas y abrirse de nuevo un camino hacía una vida provechosa. Y estos jóvenes no acostumbran a aparecer en los medios de comunicación ni son noticia, por lo que yo estoy empeñada en darles voz.
Lo cité en mi casa. Vino acompañado de su novia Davinia, que ha desempeñado un papel determinante en su vida. Mati es ya un hombre de treinta años y Davinia una mujer de algunos años menos. Él tiene una mirada clara, serena, directa. Su aspecto es el de una persona calmada, armada de esa instrucción que se alcanza cuando te has pateado las calles desde muy joven y has visto y vivido de todo. Ella, pese a su rostro dulce que no debemos confundir con fragilidad, deja asomar con su relato una actitud de firmeza y resistencia. Una mujer que desde muy jovencita sabía lo que quería, destacando sobre todo su determinación y su perseverancia.
Antes de empezar le agradezco enormemente a Mati, por lo sensible de la etapa de su vida en la que nos adentramos, que se preste a contarme sus vivencias cuando no era más que un niño. Él es de San Fernando.
- Matí ¿Cómo fue tu infancia?
Infancia, se puede decir que no he tenido. Entré en un centro de menores desde los siete años hasta los dieciocho más o menos.
- ¿Cómo llegaste a ese centro de menores?
- Por el ámbito familiar. Mi padre era alcohólico y nos pegaba tanto a mí como a mis hermanas y a mi madre. Entonces los servicios sociales nos apartaron de nuestros padres y nos llevaron a un centro tutelado de menores situado en la Línea de la Concepción. Y ahí fue donde empezó mi vida, se puede decir, triste y dolorosa.
- ¿Tienes buenos recuerdos de ese centro?
- ¿Podías ver a tus hermanas en algún momento del día?
- No. No hubo nada bueno allí. Lo primero que hicieron fue separarme de mis tres hermanas y eso fue muy duro. Éramos divididos en grupos, y cada uno de ellos se diferenciaba por colores, edades y sexo. A mí me tocó el azul. A mis hermanas también las separaron.
- Muy poco, sólo por las tardes. Pese a que el centro era cerrado, existían grandes espacios para practicar actividades deportivas: baloncesto, futbol, e incluso bicicletas. En esas horas del juego veía a mis hermanas, pero apenas si tenía trato con ellas.
- ¿Entonces, aunque te encontrabas en un lugar donde no te pegaban y disponías de esos espacios para el ocio infantil, no te sentías a gusto por estar separado de tus hermanas?
- Así es. No me sentía bien.
- ¿Y a tus padres los veías alguna vez? ¿Seguían ellos juntos?
- Si, estaban juntos. Al principio los veíamos cada once días. Dos años más tarde nos trasladaron a Cádiz. En ese centro podíamos vernos los hermanos porque, en general, carecía de cualquier norma restrictiva. Disponíamos de toda la libertad, lo recuerdo como un lugar donde teníamos licencia para hacer lo que queríamos .Allí no educaban. No había horarios ni disciplina para el estudio ni ningún apoyo para realizar las tareas escolares. Sin embargo, todas las semanas pasábamos por la consulta del psicólogo y nos evaluaban.
- ¿Y en la escuela, tenías dificultades? ¿Eras un niño rebelde?
- Yo era de los que se ponía en la última fila. Y la liaba siempre que podía. Una vez que los maestros me conocían, dejaban de prestarme atención.
- ¿No encontraste ningún maestro o profesor que se tomará algún interés sabiendo que estabas en un centro de menores?
- No, ningún maestro mostró disposición por ayudarme. Todo lo contrario. No aprobé sexto de primaria, sin embargo, me dejaron pasar al instituto para perderme de vista, porque siempre que se presentaba la ocasión armaba algún enredo con el objetivo de aplicarme lo menos posible en aquellas obligaciones escolares.
- ¿No te gustaba estudiar?
- No tengo claro que no me gustase, es que no encontré ningún apoyo en nadie para que me guiase a entender aquello. Simplemente no sabía, lo fácil era abandonar. En el instituto me uní a chicos que eran mayores que yo y fue cuando empecé a cometer robos, a fumar tabaco, porros, en fin, una vida delictiva.
- ¿Pero nadie vigilaba en el centro lo que hacíais, o realizaba un seguimiento de tu curso escolar, de tus dificultades?
- No. Era como una casa de cuatro plantas, y en cada piso, estábamos un número determinados de chicos. No existía ningún tipo de seguimiento.
- ¿Teníais alguna obligación en ese de piso, como limpiar o hacer vuestras camas? ¿Existía algún programa educativo destinado a enseñaros actividades instrumentales de la vida diaria para manejaros después de forma independiente: cocinar, comprar, ¿gestionar un presupuesto…? ¿Participabais de alguna forma de la vida de la comunidad donde se ubicaba el centro?
- No, no teníamos que hacer nada. Era un centro semi abierto y como ya he dicho antes no teníamos horarios preestablecidos ni ningún tipo de actividad programada. Salías y entrabas cuando querías.
- ¿Qué edad tenías en ese tiempo?
- Once años. Si recuerdo que en este centro conocí un hombre que me enseño a jugar al futbol y esa actividad fue la única que despertó mi interés, me gustó. Llegué a jugar en varios equipos hasta que me lesioné y tuve que dejar el futbol.
- ¿Hubiera sido tu salvación el futbol si no te hubieras lesionado?
- ¿Y después que pasó?
- Posiblemente podría haberlo sido porque me gustaba mucho y estaba muy entregado. Después de eso, ya con catorce años emprendí una pendiente peligrosa. Junto a otros, robaba incluso dinero en el mismo centro. Luego, en la calle robos de motos, por lo que cada dos por tres venía la policía por el centro. Sin embargo, como éramos menores de edad, no ocurría nada, aquello no tenía ninguna consecuencia judicial. Hasta que me derivaron a un lugar diferente, en San Fernando, un centro para jóvenes conflictivos. Estuve allí nueve meses. Y en ese sitio si encontré ayuda, allí si intentaban educarnos. Para mí fue el mejor. Con todo, la Junta lo cerró porque no cumplía las normas establecidas. Se le exigía el no dejarnos sin vigilancia las dos horas que teníamos libres cuando la familia visitaba a los que allí residíamos. Y eso no lo llevaban a cabo.
- Me adoptó el presidente de la Cruz Roja. Yo estaba otra vez en Cádiz. Fue muy bueno conmigo. El único inconveniente era que trabajaba todo el día y yo pasaba muchas horas solo. Pese a ello me hice más autónomo, más independiente y aprendí a prepararme la comida. Si bien, la parte perjudicial fue que comencé a juntarme con gente que no debía. Me ofrecían una forma fácil de ganar dinero que resultaba muy atrayente. Estuve un año en esa casa y pese al cariño que esa persona me dio, reconozco que no me porté bien. Me fui y perdí todo contacto con él.
- ¿Crees que, si no hubieras estado tanto tiempo solo, hubieras podido evitar caer en esa pendiente?
- No lo sé. Lo peor eran las malas compañías. Y en esa edad los amigos son lo más importante en tu vida. Estaba otra vez en San Fernando. Algunos nos conocíamos de años y luego vas conociendo otras nuevas amistades en las barriadas y poco a poco te vas metiendo cada vez más en el hoyo.
- ¿Consumías droga?
- Solo hachís y no por miedo al resto de sustancias, sino que las otras como la heroína o la cocaína no llegaron a interesarme pese a tenerlas también al alcance de mis manos.
- Entonces ¿vendías droga para poder costearte?
- Empecé siendo “el punto” así se le denomina. El trabajo consistía en vigilar y avisar por si venía la policía. Me pagaban mil quinientos euros solo por unas horas. Con dieciséis años conseguir esa cantidad de dinero sin trabajar te arrastra a querer más y más. Y como es un dinero que no sudas, lo gastas fácilmente. Luego se puede decir que fui subiendo de escalafón y el trabajo consistía en transportar hachís desde la playa hasta la guarida. He llegado a ganar treinta mil euros en una noche.
- En algún momento tuviste miedo cuando realizabas ese trasporte?
- No. Nunca. Una vez me cogió la guardia civil con once fardos de hachís y acabé en un reformatorio. Al cabo de un tiempo me escapé, pero me volvieron a atrapar y me mandaron a otro reformatorio situado en Almería. Solo estuve quince días, logré fugarme igualmente. Aunque como quedaba poco para cumplir los dieciocho, me dejaron libre. A partir de ahí tenía que ir al centro sólo a firmar todas las semanas durante dos años.
- ¿Qué hiciste entonces?
- Me fui a Bárbate donde se encontraba mi madre, ya separada de mi padre.
- ¿Habías tenido en estos años relaciones con tu familia?
- Los veía, pero no se puede decir que hubiera relación. Con mi madre algo más, pero yo le daba demasiados dolores de cabeza.
- ¿Seguías en ese mundo del transporte de drogas?
- A partir de los dieciocho lo dejé y me dediqué al trapicheo.
- En los momentos en los que ganaste tanto dinero, ¿conseguiste vivir bien, confortable, sin angustias?
- No, vivir bien nunca. No supe ahorrar ni invertir en nada, igual que lo ganaba, lo gastaba. Ahora es cuando vivo bien con mi trabajo y lo más importante, he logrado dormir tranquilo.
- ¿Cómo pudiste salir de ese mundo?
- Gracias a mi novia. Nos conocimos por internet y su gran atractivo llamó mi atención. Comenzamos tonteando, sin pensar en nada serio. Poco a poco me fui enamorando y lo único que quería era estar con ella. Pero Davinia puso como condición que tenía que dejar completamente mi relación con las drogas. Y desde entonces no volví más a ese mundo.
- ¿Cómo pudo ella encarrilarte? Tuvo que ser difícil para ti que hasta entonces no habías tenido un trabajo normalizado, con una disciplina y normas diarias que acatar.
- Si, fue difícil. Comencé a trabajar con una jornada de cuatro horas de camarero en un chiringuito de un tío de mi novia. Después repartía folletos publicitarios de una pizzería por la playa y de una ganadería y así poco a poco fui abriéndome camino, pese a ello dormía en el coche con mis dos perros porque mi padre me había echado de casa. Yo había vuelto a Bárbate. Mi madre se había ido a Canarias con una de mis hermanas.
- ¿Pese al maltrato que habías recibido, volviste con tu padre?
- Sí, pero la situación no era buena. Él estaba enfermo, necesitaba ayuda casi para realizar cualquier tarea, pero continuaba sin cuidarse, no escuchaba, seguía fumando y bebiendo mucho. Una noche de borrachera, tras una discusión, me echó de la casa.
- ¿La familia de tu novia pondría el grito en el cielo cuando vieron con quien estaba saliendo su hija? (los dos se ríen)
- Sí, porque por aquel entonces yo tenía una pinta que asustaba.
Aquí se detiene mi conversación con Mati porque su novia me dice que debe contarme algo importante. Se refiere que no solo ella “salvó” a su pareja, sino que Mati también la salvó a ella de un acoso de amenazas cibernético al que estaba sometida antes de conocerlo a él. Cuando Mati tuvo conocimiento de este hecho, empezó a buscar a la persona que la acosaba por Facebook, y cuando consiguió dar con ella, le plantó cara a través de mensajes por la red social. Una noche hablando con Davinia por internet, vio de soslayo un bote de pastillas cerca de la chica y se temió lo peor. Últimamente era muy visible su deterioro a causa de este acoso. Reaccionó rápidamente y se presentó en la casa de ella con un guarda municipal. Al principio no lo creyeron. Después al comprobar que era cierto el intento de suicidio tras el lavado gástrico al que fue sometida su pareja, incluso acusaron a Mati del hecho y lo detuvieron ilegalmente. Por suerte todo pudo aclararse y al cabo de seis meses detuvieron al verdadero delincuente que atormentaba a esta chica. La salvación de Mati estuvo en los mensajes que él envió al acosador. (Mientras los oía me parecía estar viendo una serie de televisión.) Durante el espacio de tiempo que duró la investigación, ellos se veían a escondidas porque sus padres, tras conocer la vida delictiva que había llevado, recelaban de él. Si bien Davinia, desde el inicio, pese a su aspecto y a la vida que había llevado, vio en Mati a una persona con dominio sobre sí misma y con la serenidad suficiente para adquirir la capacidad imprescindible que lo llevaría a realizar un cambio en el rumbo de vida.
- ¿No has vuelto a recaer nunca más en la droga ni has tenido problemas para abandonar ese mundo sin represalias?
- No. Sin embargo, no me arrepiento de nada, fueron las circunstancias las que me arrastraron por ese camino. Es cierto que el comportamiento de mi padre influyó mucho para que acabara en centros de menores. La gente que me conocía de pequeño me dice que era más bien tímido y noble, que los niños me pegaban y volvía llorando a casa, no era capaz de defenderme. Pero tuve que cambiar para ganarme el respeto y evitar que abusaran de mí. Fueron las nuevas situaciones las que operaron mi cambio. Lo he aceptado y no me quejo. Mi padre ha fallecido y pese a todo lloré su muerte, no le guardo ningún rencor. La muerte de mi madre también fue una etapa muy dura. Pero ahora, cuando veo que la mayoría de mis amigos están en la cárcel me siento afortunado. Y en cuando a tener problemas desde que dejé ese mundo, no los he tenido. Nos conocíamos. Sabían que, si me dejaban en paz, yo nunca los delataría. De todas formas, no es fácil salir de ese mundo y emprender un nuevo camino. Mi novia y yo hemos pasado por momentos muy difíciles en el entendimiento mutuo. Por ejemplo, a mí me cuesta confiar en las personas, y la verdad es que no suelo equivocarme en mis apreciaciones.
Detengo otra vez la conversación con Mati para hablar de Davinia. Ella trabajaba de camarera y estudiaba. Ha terminado la carrera y el máster de Educadora Social, esforzándose siempre al máximo para no perder su beca. Y de esa manera han podido ir costeándose cuando terminaba la temporada de verano y por ende el trabajo estival. Mati trabajaba en todo aquello que se le presentase, recogiendo la aceituna o de guarda de seguridad en un hotel en el turno de noche. Pasado un tiempo, un tío de ella, propietario de un restaurante, los contrató con mejor sueldo y horario. Su labor y esfuerzo los ha llevado a ambos a conseguir ascensos progresivos ostentando actualmente puestos de encargados.
- ¿Te gusta este trabajo?
- Me gusta la hostelería pero en el grupo Zoko porque cuida de sus empleados y los trata bien. Aunque también me atrae el quiromasaje, lo descubrí en el encierro de la pandemia y aproveché para iniciar mi formación académica en ese ámbito. Siempre me han dicho que tenía muy buenas manos para dar masajes. Sigo estudiando y me encanta.
- ¿Te sientes satisfecho y orgulloso de ti mismo? porque aunque Davinia fue la que te lanzó la cuerda para salir de ese lado obscuro, tú tuviste la fuerza para cogerte a ella.
- Si, puedo afirmar que me siento bien y satisfecho. Si bien reconozco que es necesario esa ayuda en un momento determinado, aunque al final uno es el que decide cambiar si desea hacerlo, eso nadie lo puede hacer por ti.
- ¿Te atreverías a dar algún consejo a los jóvenes que están en la situación en la que tú estuviste?
- Que persigan algo que les atraiga y les motive, esa es quizás la mejor manera para evitar caer en esas tentaciones.