– Cuentos –

      

                         FRENTE AL MAR DEL NORTE

Se erguía orgulloso y atractivo ostentando su color rojo, destacando sobre las casas de alrededor con las que se codeaba. Éstas lucían unas fachadas mucho más deslucidas de un marrón ladrillo apagado, por lo que aceptaban resignadas que él fuese el protagonista del barrio. El faro Vuurtoren no se encontraba ni dentro del mar, ni en su orilla, sino algo más alejado, en una placeta formando parte de la zona de Scheveningen de La Haya. Su haz luminoso incansable noche tras noche durante decenios de años, era el mensajero que enviaba sus señales para guiar a los barcos del lugar geográfico donde se encontraban.

         Este gigante rojo formaba parte de la vida de sus vecinos.  Sentía un apego cariñoso por ese singular monolito, aunque se encontrasen empequeñecidos  a su lado. Y siempre había historias que contar cuando se sentaban a las puertas de su casa en las tardes de verano, una vez que el sol,  agotado de alumbrar y calentar los interminables días, ocultaba pausadamente sus rayos. Había un relato en particular que pese a los muchos años transcurridos nunca faltaba a su cita en aquellas dulces tardes. Durante generaciones, alguna abuela y en ocasiones algún abuelo, seguían transmitiendo por vía oral esta historia que no se sabía a ciencia cierta si era un cuento, una leyenda o un hecho real.

         Ocurrió que quedó vacante una de las plazas de farero. El capataz como los demás trabajadores del faro, esperaban que esa plaza fuese cubierta con alguien de la zona como siempre había sucedido. Si bien, resultó una sorpresa  mayúscula enterarse de que esa plaza sería ocupada con un forastero.

         Desde el principio, Thomas se encontró con un rechazo frontal hacía su persona, a pesar de ser un joven de carácter abierto, simpático y trabajador. Los compañeros no le dirigían la palabra y el capataz solo se limitaba a  explicarle de forma concisa y breve el trabajo a realizar. Todos los trabajadores, que, en diferentes turnos, se ocupaban del funcionamiento del faro vivían alrededor del mismo, en unas viviendas expresamente construidas para ellos. Sin embargo, su soledad era absoluta. Se encerraba en su vivienda sin haber cruzado palabra con nadie.

         Encontró  algo de consuelo en una joven, Lissa, que trabajaba en el bar de comidas. Se apiadó de él, aunque su novio había sido uno de los aspirantes a esa plaza de farero. Poco a poco, entre ellos se estableció una comunicación hecha de pequeños retazos de conversaciones mientras le servía el menú, intercambiando sonrisas y miradas. La joven de carácter fuerte no se dejaba amilanar por las señales iracundas que veía a su alrededor y que también se dirigían a ella.

          El novio,  había tenido suerte y se había colocado en el puerto. Su jornada era muy larga y no regresaba hasta el atardecer. Sin embargo, al día todavía le sobraban algunas horas para que los vecinos tuviesen tiempo de ponerlo al día sobre el comportamiento de Lissa.

         Hantz se encendía con facilidad salvo cuando era su novia la destinataria del malestar. No le faltaban ganas para arremeter contra ese intruso, pero sabía que no podía hacerlo ni tampoco decirle a Lissa sobre lo que ella debía o no debía hacer. Dado el carácter independiente y firme en sus convicciones que había mostrado la joven, seguramente esa intromisión acabaría con la relación y eso era algo que él no podría soportar. Estaba enamorado de ella desde que era pequeño y le había costado enormemente hacerse merecedor de su confianza. Lissa no se parecía a las demás chicas que anteponían el tener novio por encima de otras necesidades.

El comportamiento diferente de Lissa, quizás se debiese a haberse quedado huérfana muy joven. Había aprendido a desenvolverse en la vida sin la ayuda de nadie. Su tío, hombre de naturaleza agria y de pocas palabras, se limitó a dejarla actuar y a medida que la joven fue creciendo, comprobaba con satisfacción que su sobrina tenía una perspectiva de la vida distinta a las jóvenes de su edad. Estuvo en la escuela lo necesario para manejarse con los números y las letras, aunque no quiso seguir estudiando pese a tener buena cabeza para ello. Nadie influyó ni alentó una toma de decisión que no fuera íntimamente suya. Dispuso dedicarse a trabajar en el negocio familiar sirviendo comidas. Anteponía ante todo el agradecimiento a su tío que se mantuvo siempre a su lado respetando y aceptando su particular personalidad libre y con necesidad de autonomía ya desde su más tierna infancia

         Thomas se dedicó con ahínco a hacer bien su trabajo. Disfrutaba contemplando esta obra magnífica del hombre. Los nueve pisos de hierro fundido estaban sostenidos por unas columnas centrales y conectadas por escaleras de caracol de hierro fundido, con unas balaustradas sujetadas a su vez por consolas también en forma de caracol.   Dedicaba muchas horas a la limpieza y al mantenimiento del faro.  Asimismo pidió al capataz que le dejara pintar algunas zonas que  estaban más deterioradas, su deseo era estar continuamente ocupado para terminar agotado y facilitar así su descanso Mientras realizaba todo esta labor, no dejaba de darle vueltas al comportamiento tan obtuso de los compañeros y de los vecinos, incluso algunos le negaban hasta el saludo.

         Al principio creía que sería cuestión de días, no obstante, pronto haría dos meses que estaba allí y la situación no había cambiado. Por suerte tenía a Lissa, esta chica estaba consiguiendo que su tristeza no fuese desesperante. Por otra parte le aterraba como unos sentimientos de especial carácter afectivo hacía ella, iban aumentando de forma vertiginosa, deseando que llegase la hora de la comida para poder verla. En alguno de sus paseos matinales se habían encontrado sin proponérselo, convirtiendo la triste mañana en un día esplendoroso, pese a las nubes y la lluvia fina que eran casi una constante en este lugar.

          La aparición de ella la comparaba a un hermoso un día de sol. La sonrisa que le dirigía Lissa borraba de repente todos los nubarrones que se habían aposentado en su vida cotidiana. No quería ilusionarse, sabía que Hantz, su novio, cada vez que lo miraba quería aniquilarlo. Sin embargo, algo en la  mirada de ella lo animaba a intentar ese galanteo. 

         Y la ventura o el destino jugaron a  que tropezaran los dos en un recodo de una de las calles silenciosas. En ese momento, llovía a cantaros, pero eso no impidió que se detuvieran, ni siquiera se saludaron, solo se miraron con ansia, se acercaron y lo demás fue un maravilloso sueño que duró unos minutos. Luego, Lissa se apartó asustada de su propia audacia y echó a correr.

         A partir de ese día, la situación cambió. A penas una sonrisa sin posar su mirada en él. Thomas estaba desesperado. Después de haber probado las mieles del beso, de disfrutar de su mirada y sus sonrisas, la soledad se le hizo más patente. Se dijo que debía tener un poco de paciencia, ella se sentía atraída por él, era muy evidente, pero tenía novio y seguramente Lissa se estaría replanteando su relación.

         La chica entretanto estaba hecha un lio. Desde muy jovencita había tenido las cosas claras. Hantz era su amigo desde la infancia, crecieron juntos cuidándose el uno al otro, se querían. Se hicieron novios casi sin darse cuenta, era algo asumido. Sin embargo, la aparición de Thomas había trastocado su mundo construido sobre sentimientos casi programados. Sentía  algo nuevo, algo que la empujaba hacía él sin contención, dejándola a merced de esa ola que la vapuleaba. Estaba asustada, no se reconocía, esa actitud no era propia de una mente donde todo encajaba con razonamiento y sin ningún sobresalto. Por eso decidió cortar de raíz, sabía que su comportamiento no era el adecuado, pero debía protegerse y ese era el único camino posible.

         La dureza del invierno acentuó aun más la tristeza y la angustia de Thomas. Pese a ello seguía saliendo a pasear con la esperanza de encontrarse con ella, aunque la interacción entre ambos había casi desaparecido. Una tarde se sentó en unas de las piedras del espigón mirando ese mar embravecido que parecía llamarlo a hundirse en él y desaparecer. Tan imbuido estaba en sus pensamientos que no advirtió que las olas cada vez estaban más cerca de su improvisado asiento. Una de ellas, despegándose de las demás para hacer una demostración de poder, lo alcanzó de lleno con tal fuerza que lo arrojó  al mar.  Se encontró aturdido llevado por una ola inmensa que parecía jugar con él lanzándolo con furia hacía donde a ella le placía. Thomas intentaba, pese al atontamiento de la caída, luchar con desesperación para poder remontarla. No cejaba en su empeño, era un buen nadador y conocía los vaivenes del mar, si bien no disponía del vigor necesario. 

         Cuando ya había dado la batalla por perdida y se sentía engullir, notó que algo tiraba con fuerza de él, después todo fue confusión, como si estuviese viviendo un sueño. Tumbado y exhausto  en la arena, oía murmullos  a su alrededor, pero él no podía abrir los ojos y le costaba respirar, sin embargo le llegó claramente una voz gritando su nombre. Lissa se acercó llorando desesperada, empezó a zarandearlo exigiéndole que se despertase. Cuando pudo abrir los ojos, le cayó encima una lluvia de besos mezclados con las lágrimas de la alegría. A un lado Hantz, que había sido su salvador,  contemplaba la escena con el corazón encogido.

         Solo había transcurrido un mes cuando Thomas preparó su equipaje. Había decidido irse.  Después de lo que Hantz había hecho por él, sobraba en este sitio. Lo había arreglado para que su puesto fuese para él, era la única forma de demostrarle lo agradecido que le estaba.

         La luz mañanera y madrugadora  había desterrado las sombras pese a ser una hora temprana. En el silencio de las calles se oía el ruido de las pisadas de  unas botas que avanzaban con prisa queriendo alejarse lo más rápidamente del lugar. Y fue en ese momento cuando resonó una llamada desesperada, su nombre era pronunciado con fuerza. Thomas se volvió y vio a Lissa  venir hacía él corriendo y tirando de una maleta. Dejó su macuto  en el suelo y corrió hacía ella para fundirse los dos en una abrazo eterno.

         Mientras, desde lo alto del faro Hantz los contemplaba con esa mirada serena que proporciona el haber hecho la gesta más dura, pero al mismo tiempo la más hermosa de su vida por la persona amada.

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